viernes, 11 de enero de 2019

CAPITULO 74




Observé cómo Paula intentaba ignorarnos a mí y a mi desnudez, ya que sólo llevaba una escueta toalla. Al ver que su nerviosismo aumentaba y su determinación se tambaleaba cada vez que dirigía alguna fugaz mirada a lo que se ocultaba impaciente bajo aquel trozo de tela, decidí quedarme un poco más de tiempo de esa manera, aunque ya comenzaba a sentir el frío de las Highlands.


Al morderse nerviosa el labio inferior, me hacía saber que yo no le era indiferente, y que la historia que desarrollaba en su ajada libreta apenas había avanzado desde que yo salí de la ducha y le expresé abiertamente mi deseo de estar con ella.


Aburrido de ser ignorado, comencé a cambiar los insulsos canales de la tele, ¡y sí señor, di con la programación adecuada para aumentar la tensión de ese incómodo momento! Al primer gemido de placer que emitió la exuberante morena de la pantalla,


Paula alzó la vista de su libreta y dejó caer su bolígrafo, dirigiéndome una mirada entre sorprendida y escandalizada que me hizo sonreír maliciosamente ante su respuesta a otra más de mis provocaciones.


—¿Qué pasa? Estoy viendo la tele... —dije, como si lo más normal para mí fuera ver una película pornográfica, algo que en verdad no hacía desde la adolescencia.


—¿No puedes poner otra cosa? Estoy intentando trabajar en mi novela —pidió Paula, señalando ofendida la pantalla donde en esos momentos a la pareja protagonista de la escena se les unía una atractiva rubia.


—Puede que te sirva de inspiración —contesté, sabiendo que mis palabras la enojarían, ya que los escritores nunca trabajamos de esa absurda manera que algunos piensan, sino que simplemente utilizamos nuestra imaginación a la hora de crear esas entrañables y excitantes escenas en las que nuestros protagonistas expresan sus sentimientos a través de la unión de sus cuerpos.


Ella me miró un tanto disgustada con mi infantil comportamiento y me ordenó que terminara con ello. Una sugerencia razonable, que, por supuesto, ignoré por completo.


—¡Apaga eso y ponte a trabajar! —me ordenó, señalando el portátil que había llevado conmigo para simular que aún tenía trabajo que hacer, aunque éste estuviera terminado y yo sólo pensara dedicarme a hacer el vago.


—Es mi hora de descanso, me la merezco después de este desastroso día —me quejé, pensando que ni loco volvería a aceptar hacer otro de los viajes que me organizaba Pablo.


—No ha sido para tanto: has firmado algunos ejemplares y te lo has pasado en grande hablando con los turistas a los que les gustan las novelas de intriga —me animó mi siempre optimista Paula, haciéndome recordar que en algunos momentos en efecto me había divertido.


—Vale, no ha sido tan malo como esperaba —dije, dándole la razón—. Pero pienso ver esta película, así que no me distraigas o perderé el hilo del argumento — añadí, señalándole que ahora había también una pelirroja en pantalla.


—Pero ¿eso tiene argumento? —preguntó ella y yo acallé sus protestas subiendo el volumen de los gemidos procedentes de la orgía.


En realidad, no miré ni una sola escena de la película, sino que me dediqué todo el tiempo que duró a observar cómo Paula se desconcentraba con cada grito que provenía de la pantalla o cómo daba un respingo ante las palabras obscenas que oía.


Finalmente, harta de todo, dejó su libreta a un lado y me arrebató el mando a distancia, poniendo fin a la inquietante programación que tanto la alteraba. Yo sonreí y me tumbé en la cama, viendo cómo se desarrollaba el proceso de creación de mi novata escritora: Paula mordió el bolígrafo, inquieta, mientras le daba vueltas a cómo escribir ese tipo de escenas que siempre se le escapaban. Luego pasó a golpear el boli nerviosa contra su libreta y finalmente suspiró frustrada y apoyó la espalda contra el cabecero de la cama, sentada lo más lejos posible de mí.


—¿Qué te ocurre? —pregunté, decidido a ayudarla a hallar su inspiración, como ella había hecho conmigo.


—¡No me sale! ¡No sé cómo escribir ese tipo de escenas y me avergüenzo cada vez que pienso que esto puede leerlo alguien a quien conozco! ¿Qué pensarán de mí? — confesó inocentemente, de nuevo demasiado preocupada por el qué dirán. Yo suspiré, resignado a darle uno de mis gratuitos consejos, que en ocasiones tenían algo de valor.


—Cuando escribes una historia, tú no eres Paula Chaves. Eres cada uno de tus personajes: la mujer desesperada por encontrar el amor, el hombre dubitativo, el rival celoso, el egoísta enemigo, la arpía deseosa de venganza… Y debes plasmar los sentimientos de cada uno de ellos en el papel sin importarte a quién ofendes o a quién avergüenzas, porque si no, no escribirías nada.


—Lo sé, pero aun así me cuesta trabajo escribir esta escena que no sé siquiera cómo empezar —declaró, desilusionada consigo misma.


Agarrándole repentinamente una mano, la hice caer encima de mi cuerpo. Y cuando intentó huir de nuestra cercanía, retuve sus manos entre las mías y enfrenté su decidida mirada, que me negaba el placer de su cuerpo.


Ella se irguió sobre mí y yo le hablé como nunca lo había hecho con una mujer.


Por primera vez creí que era mi corazón el que hablaba, ya que yo nunca me habría atrevido a decir ninguna de las palabras que salieron de mi boca.


—Hazme a mí lo que tu protagonista haría con su amante. Conviértete por una vez en esa atrevida mujer de tu historia y déjame ser ese hombre que sabe amar tan intensamente como cualquiera de los que aparecen en esas tórridas novelas de amor. — Tras estas palabras, le coloqué las manos sobre mi pecho, donde mi corazón latía acelerado. Sólo por ella.


Cerré los ojos esperando su rechazo y los abrí sorprendido cuando sentí en mi pecho el dulce tacto de sus manos, que comenzaron a recorrer mi cuerpo mostrándome lo que tanto ella como su protagonista más deseaban.


Sin dejar de mirarme a los ojos un solo instante, Paula se despojó del jersey y del sugerente sujetador. Yo mantuve mis manos en sus caderas, por miedo a asustarla una vez más con el apremiante deseo que me recorría cada vez que la tenía entre mis brazos.


Ella me acarició el pecho con suavidad y siguió con sus delicadas caricias por mi cuello hasta llegar a mi rostro. Las yemas de sus dedos rozaron mis párpados, mi incipiente barba y finalmente mis labios, que no pudieron resistirse a besar aquellas tentadoras manos que tanto amor me estaban demostrando.


Luego las bajó de nuevo por mi torso y se inclinó hacia mí con la promesa de un beso, algo que yo anhelaba desde que empezó a tocarme. Fue el beso más tierno que había recibido en mi vida. Sus labios, al principio, apenas tocaron los míos con su cálido aliento. Luego me mordisqueó tentativamente la boca, haciéndome desearla aún más. Tras esto, me dio delicados besos allí donde sus dientes me habían torturado y al fin recibí el beso que tanto había deseado.


Su lengua buscó la mía en un ardiente juego en el que no pude evitar apretarla contra mi cuerpo, queriendo más de lo que sus caricias me ofrecían. Cuando Paula se apartó de mí fue trazando un descendente camino de besos por todo mi cuerpo, y yo tuve que refrenarme para no colocarla debajo de mí y tomarla tan salvajemente como deseaba en esos instantes. Pero ése era su momento y yo no se lo arrebataría, así que me contuve y la dejé hacer.


No tardó mucho en apartar la toalla que me cubría y cuando sus labios tocaron mi hinchado miembro, no pude evitar gemir al imaginarme el placer que podían prodigarme. Un erótico sueño que se hizo realidad cuando Paula acogió atrevidamente mi erección entre sus manos y me introdujo en su boca haciéndome delirar de placer.


Sin poder evitarlo, le agarré con fuerza los cabellos, marcando el ritmo que más deseaba. Paula parecía dispuesta a darme todo lo que necesitaba, pero yo sólo la quería a ella, así que la aparté de mí y la despojé de sus ropas antes de alzarla sobre mi cuerpo y dejarla libre para que tomara el control del apasionado encuentro que ambos anhelábamos desde un principio.


Luego introdujo lentamente mi miembro en su interior y yo no pude resistirme a acariciar sus pechos con una mano mientras se movía despacio sobre mí, al tiempo que con la otra le acariciaba el clítoris.


Cuando Paula comenzó a aumentar el ritmo de su cabalgada, probé sus senos con mi perversa boca hasta hacerla gritar mi nombre, y fue entonces cuando agarré con fuerza sus caderas para marcar el ritmo que nos llevaría a ambos hasta la cumbre del placer. Ella se convulsionó violentamente sobre mi cuerpo gritando de nuevo mi nombre, y yo llegué al clímax gritando el suyo, casi a la vez.


Después de nuestro orgasmo, nos derrumbamos el uno en brazos del otro, y ya que Paula era lo único que deseaba en esos instantes, la estreché contra mi cuerpo mientras nos arropábamos bajo las mantas, deseando que el tiempo no pasara, porque a la mañana siguiente yo sería otra vez un hombre que no sabía amar y ella una mujer que evitaba enamorarse de la persona equivocada.



CAPITULO 73




La elección de Pedro para pasar la noche no disgustó mucho a Paula en un principio, ya que se trataba de un pequeño hostal en una casa unifamiliar de estilo victoriano que conservaba muchas de las características del edificio original. La residencia era hermosa y acogedora; aparcaron en la entrada y fueron recibidos muy amablemente por la dueña, que los llevó a su habitación.


Cuando Paula se percató de que dormirían juntos en una sola y minúscula habitación con una gran cama de matrimonio, exigió a Pedro otro cuarto para ella.


Algo que fue rápidamente rechazado por el persistente autor, que sólo quería llevársela de nuevo a la cama.


Paula intentó comenzar una discusión en la que le expondría a Pedro cada una de sus quejas y le explicaría por qué nunca en la vida volvería a acostarse con él, pero antes de que le diera tiempo a empezar su planeado discurso, él acalló sus reclamaciones con una seca frase que la hizo entrar en razón.


—Ésta es la única habitación que tiene baño propio. Si prefieres compartir uno… tú verás, pero yo no pienso pagarte la habitación —sentenció, señalándole despreocupadamente la puerta, por donde se podía marchar si ésa era su decisión.


—¡Oh, eres imposible! —cedió al fin Paula, tomando posesión del baño en primer lugar.


Cuando salió, se dedicó a ignorar a Pedro y, sentándose en un rincón de la cama con la única compañía de su libreta, comenzó a pensar nuevamente la trama de su novela, en la que los protagonistas habían decidido profundizar su relación, aunque la autora aún no sabía cómo hacerlo.


Su concentración se fue a pique en el momento en que un atractivo pelirrojo, con una toalla como única indumentaria y algunas gotitas de agua recorriendo su pecho, salió de la ducha. 


Como siempre, se sentó junto a ella para perturbarla, y sin preocuparse en absoluto de su desnudez, le arrebató la libreta para meter su curiosa nariz en la historia que Paula estaba escribiendo.


Su seriedad mientras leía su vieja libreta hizo pensar a Paula que por primera vez se tomaba la valoración de su manuscrito en serio. Luego habló y con eso le mostró lo equivocada que estaba.


—La trama parece más realista y la desarrollas bastante bien, pero las escenas de sexo siguen siendo pésimas. ¡Y yo que creía que todo lo que habíamos practicado te habría servido de inspiración! ¡En fin, qué se le va a hacer! ¡Tendremos que seguir practicando! —concluyó con picardía, tumbándose encima de ella y haciendo que notara lo emocionado que estaba ante esa perspectiva.


—¡No pienso volver a acostarme contigo, Pedro! ¡Creía que eso entre nosotros ya había quedado claro! —replicó Paula, alejándose de sus embaucadoras palabras.


—¿Cuándo? ¿En mi escritorio? ¿En el coche? ¿O en la alfombra de mi estudio? — inquirió él, recordando algunos de los lugares donde se habían rendido a un apasionado momento.


—Está muy claro que cada vez que nos acostamos lo sentimos de forma diferente y
no estoy dispuesta a ser la única idiota que acabe con el corazón roto por tu culpa. ¡Así que procura mantenerte alejado de mí!


—¿Cómo de lejos? —ironizó Pedro, señalándole la minúscula estancia.


—¡Tú en tu rincón y yo en el mío! —decretó Paula, colocando una pila de almohadas como barrera entre ellos.


—¡Dios mío! Ésta va ser una noche muy larga… —masculló él, dejándose caer sobre la cama, mientras se tapaba el rostro un tanto frustrado—. Me castigas porque me niego a decir esas palabras que toda mujer quiere oír, ¿verdad? —preguntó luego, molesto por el estúpido empecinamiento de aquella mujer.


—No, Pedro, me protejo de un hombre que nunca sabrá el significado de un «te quiero» y al que ni siquiera le importa averiguarlo —declaró Paula, volviendo a coger su vieja libreta en la que sus protagonistas, al contrario que ella, sin duda habían encontrado el amor.



miércoles, 9 de enero de 2019

CAPITULO 72




El primer destino de Pedro no se hallaba demasiado lejos del recogido pueblo donde vivía. En tan sólo dos horas llegamos a la ciudad de Oban. Se trataba de un lugar pequeño pero bastante ajetreado, en el centro de la zona norte del condado de Argyll.


Según las guías turísticas que revisé antes de iniciar el viaje, Oban poseía el puerto de mayor extensión al noroeste de Escocia y era un punto principal para las partidas de ferrys en dirección a las Islas Hébridas, situadas más al oeste. No era de extrañar por tanto que esa ciudad fuera el centro del turismo del condado de Argyll, donde personas de todas las nacionalidades paraban para iniciar sus recorridos a lo largo de Escocia.


Esto me hizo creer erróneamente que la pequeña librería de la escondida pero transitada calle donde Pedro firmaría sus novelas de intriga estaría llena de gente deseosa de adquirir los libros del excepcional, aunque desquiciante autor.


Cuando llegamos, Pedro miró un tanto molesto la reducida mesa de madera, bastante destartalada, que el dueño había colocado en el exterior de la tienda, junto con algunos ejemplares de sus últimos libros. A los lados de la mesa había unas viejas cajas llenas de libros, más viejos aún, con un letrero de «saldos».


Después de ver el rostro enojado de Pedro, creí que se marcharía antes de sentarse siquiera en el desvencijado taburete que el anciano librero le había dado tan alegremente a su querido escritor, pero me sorprendió cuando, tras echar un vistazo al humilde pero acogedor establecimiento que se hallaba detrás de él, decidió tomar asiento en el lugar que el hombre le señalaba.


Pedro habló durante un largo rato con el dueño del pequeño comercio, firmó sus libros e incluso gastó alguna que otra broma sobre sus novelas. Pero a lo largo de la mañana se fue deprimiendo cuando los turistas pasaban junto a él haciendo alguna que otra rápida compra antes de tomar un ferry hacia su destino.


Después de horas de estar sentada junto a Pedro observando cómo miraba las musarañas o dibujaba distraídamente unos garabatos en un post-it, me mandó a por un rápido almuerzo. Cuando volví, sonreí ante la imagen de un joven que hablaba bastante animadamente con él sobre el argumento de sus novelas. No me di cuenta hasta que estuve junto a ellos de que el característico mal humor de mi escritor estaba a punto de desbordarse, animándolo a hacer de nuevo una de las suyas.


El rostro de Pedro empezaba a mostrar aquel aire malicioso que siempre tenía cuando planeaba dar una de sus irónicas, o directamente maleducadas y groseras,
contestaciones. No supe por qué hasta que presté atención a las palabras del joven, que
convertían en aún más humillante el hecho de estar sentado junto a un viejo tablón que hacía las veces de mesa entre los olvidados libros de segunda mano.


—¡Me encantan sus novelas, las tengo todas! ¡Soy uno de sus mayores fans! Pero le tengo que decir que como son demasiado caras no he comprado ninguna, ¡me las he descargado todas de internet! —decía el joven tan contento, logrando que Pedro gruñera en voz baja, seguramente resignado a que las personas hicieran eso y encima tuvieran la cara de comentarlo tan tranquilos con el escritor al que le habían robado una pequeña parte de su obra.


Me sentí orgullosa de él cuando se limitó a coger aire y contestó serio a las impertinencias del chico.


—Mis libros también están en versión digital y son más económicos que los de papel. Como mucho, cuestan un par de libras.


—Sí, pero… ¡gratis es mejor! —insistió el otro, sin percatarse del enfado que estaba provocando en Pedro—. ¡Es un enorme placer conocerlo, señor Alfonso! Me preguntaba si podría regalarme usted alguno de sus libros y dedicármelo. Después de todo, usted es escritor, así que tiene que estar forrado.


—¡Oh, no! —musité en voz baja, rogando porque Pedro no hiciera una de las suyas. Me acerqué a la mesa para intentar alejarlo de aquel joven impertinente, pero cuando llegué ya era demasiado tarde: Pedro esbozaba una de sus maliciosas sonrisas, mientras garabateaba algo en uno de los post-it que había junto a él.


—No te voy a regalar un libro, pero… ¡mira por dónde, sí te voy a entregar una de mis dedicatorias!: «Con cariño para ti, de tu admirado autor. ¡Compra mis libros de una puta vez, pedazo de gorrón! Firmado: Pedro Alfonso».


Luego, ante mi asombro, se levantó de la silla y le pegó el post-it en la frente al lector caradura, pasó junto a mí y me arrebató la bolsa del almuerzo, mientras se adentraba en la tienda y me cerraba la puerta en las narices colocando en ella el cartel de «cerrado».


El joven, aún conmocionado, se quitó el insultante post-it de la frente y, tirándolo al suelo, juró no leer nunca más ninguno de esos libros que hasta entonces tanto le habían gustado.


—¿Es así como piensas vender tus libros? —reprendí severa a Pedro entrando en la tienda, donde él charlaba animadamente con Angus, el anciano dueño del establecimiento.


—Estoy en mi descanso. Además, ése no iba a comprar nada —respondió él, señalándome el cartel de «cerrado».


—¡Pero una mala crítica suya puede hacerte perder decenas de ventas! —contesté, intentando sin éxito hacerlo entrar en razón.


—Sí, ¡mira cómo se apilan mis fans en la puerta para comprar mis libros! — replicó irónico, indicándome la calle, donde en esos instantes sólo circulaba el polvo de las aceras.


—¡Te dejo, eres imposible! —grité, alzando las manos al cielo muy frustrada por su comportamiento.


Cuando salí de la tienda, estaba tan furiosa y resuelta a demostrarle que con un poco de esfuerzo podía conseguir que alguien le prestara atención, que cogí con fuerza algunos de sus libros y me dediqué a incordiar con ellos a todo el que pasara.


Increíblemente, yo con mi descaro conseguí más de lo que él había logrado en horas, y animé a algunos de los compradores a entrar en el local para que se los firmara tan maravilloso autor. Al contrario de lo que creía posible, los clientes salían de la pequeña librería con una sonrisa y hablando maravillas de aquel nuevo y prometedor escritor.


Al final del día no vendimos lo que esperábamos y las ganancias apenas nos dieron para cubrir los gastos del viaje, pero Pedro mostraba una maravillosa sonrisa que hasta entonces nunca había tenido el placer de contemplar. Se despidió de Angus alegremente, prometiendo visitarlo en cuanto tuviera su próximo libro, y ambos nos dirigimos hacia nuestro lugar de descanso.


—No te preocupes, lo tengo todo solucionado —contestó Pedro cuando le pregunté dónde dormiríamos, lo que no me tranquilizó en absoluto, porque conociéndolo como ya lo conocía, seguro que había planeado algo para que nunca pudiera olvidar nuestra primera noche lejos de su casa.



CAPITULO 71




—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Pedro, contesta de una puta vez! —dejó Natalie Wilson por enésima vez en el buzón de voz de Miss Dorothy, tras recibir ese inquietante último mensaje.


¿Por qué ese hombre tenía que ser tan obtuso? ¿No podía comportarse por una vez en la vida como un ser racional? Y como siempre que tenía la desgracia de hablar con él, las cosas fueron de mal en peor cuando oyó detrás de ella la inoportuna voz que en los últimos días se le había hecho tan conocida.


—¿Quién es Pedro? —se interesó Jeremias Chaves, que de nuevo la esperaba a la
salida de su trabajo.


—Es… es mi impertinente sobrino —contestó Natalie dubitativa, pensando que si tuviera la desgracia de tener un sobrino como ése, ya haría años que se habría pegado un tiro.


Y como siempre hacía ese individuo del que últimamente no podía librarse, se apartó y, apoyándose en su caro descapotable, alzó una ceja, demostrándole que nunca se terminaba de creer ninguno de sus embustes.


—¿Quién es Miss Dorothy? —le preguntó una vez más Jeremias Chaves, como hacía siempre que la esperaba.


—Una adorable y noble ancianita —contestó Natalie por enésima vez, con una de sus más falsas sonrisas, rezando por que Jeremias se tragara alguna de sus patrañas.


Algo que, evidentemente, no ocurrió.


Cuando él se retiró de su automóvil, suspirando un tanto molesto, le enseñó una extraña y diminuta pieza que sin duda pertenecía a su coche, que, como todos los días, volvería a fallar e iría a parar al taller, donde últimamente el dueño la recibía con una resplandeciente sonrisa. Incluso le había dicho que estaba decidido a ponerle su nombre a una de sus hijas, ya que como siguiera a ese ritmo, terminaría pagando los estudios universitarios de cada uno de sus vástagos.


Una vez que el molesto sujeto desapareció de su vista, Natalie se distrajo un poco buscando el número de su taxista habitual, que ese día parecía llegar tarde a su habitual ronda de «Voy a recoger a la idiota a la que siempre se le estropea el coche a esta hora».


Mientras Natalie reflexionaba sobre qué maldad le habría hecho nuevamente aquel vil mecánico a su descapotable, un joven algo desaliñado tropezó con ella. Natalie se apartó de su camino, pero el muchacho la observó atentamente. Al parecer, como muchos otros, la reconocía por haberla visto en esas dichosas revistas de mujeres emprendedoras, que le habían traído más desgracias que parabienes cuando todos los desconocidos escritores de Nueva York que encontraba a su paso le entregaban sus novelas.


Con la mirada perdida, el joven le puso un ajado manuscrito en las manos y le dijo:
—Mi novela es de lo mejor y sin duda usted estará encantada de leerla —casi ordenó el enfebrecido sujeto, apretando con fuerza las manos de Natalie sobre su obra, obligándola así a coger su libro.


—Señor, debería usted enviarla a la editorial. Sin duda, mis compañeros estarán encantados de leerla.


—No, no, no… Ya he recibido decenas de respuestas de ellos, todas negativas. ¡Y usted la va a leer sí o sí! —contestó el perturbado muchacho, perdido en su mundo, haciendo que Natalie empezara a temer por su seguridad.


—Bien, me la llevaré a casa y la leeré —asintió calmada, decidida a salir del aprieto como fuera y, dado que estaba habituada a mentir, una pequeña mentira más no le haría ningún daño.


Pero el joven no la creyó y esa vez la cogió con fuerza de un brazo, mientras intentaba arrastrarla hacia su coche.


—¡Estupendo! La llevaré a mi casa y la leeremos juntos...


Ni loca pensaba Natalie ir a casa de un pirado que a saber lo que habría escrito, así que plantando sus tacones de aguja firmemente en la acera, intentó deshacerse del sujeto y ya estaba a punto de gritar como una histérica pidiendo ayuda, cuando alguien agarró al chico apartándolo de su camino y empotrándolo contra el capó de su coche.


Natalie no tuvo dudas acerca de quién era el que volvía a maltratar su descapotable, aunque esta vez fuese para ayudarla.


—¡Jeremias, podrías tener un poco más de cuidado! —dijo preocupada por la pintura plateada de su coche.


—¿Con quién? ¿Con el coche o con este tipo? —preguntó él, sabiendo lo mucho que la editora adoraba su pequeño automóvil. Y antes de que Natalie contestara, estampó al individuo unas cuantas veces más contra el deportivo, con una maliciosa sonrisa.


—¡Con mi coche! —gritó ella finalmente, atrayendo algunas miradas hacia lo que estaba ocurriendo.


Jeremias le dirigió una perversa sonrisa y soltó al pirado en mitad de la calle.


—¡Toma tu manuscrito! —le dijo, lanzándolo despectivamente hacia el apaleado joven, que no dejaba de sangrar por la nariz—. Ésa no es forma de tratar a una mujer. Con el acoso constante no vas a conseguir nada de nadie.


Irónica, Natalie alzó una ceja, mientras pensaba cómo el hombre que decía eso lo incumplía constantemente. Intentó hacerle ver que él también la estaba acosando a diario con sus múltiples jugarretas, pero antes de que pudiera decir nada, Jeremias la acalló con unas bruscas palabras:


—A mí sí me está permitido acosarte —le dijo serio. Y después dirigió hacia el joven una amenazadora mirada, haciendo que éste huyera, dejando atrás su adorado manuscrito.


—Te acompañaré a casa —comentó luego Jeremias, conduciendo a Natalie hacia su coche de segunda mano.


—¿No sería mejor que arreglaras el mío? —preguntó ella impertinente, intentando que se diera cuenta de lo estúpido de la situación.


—¿No sería mejor que me dijeras la verdad? —replicó Jeremias, haciéndole ver que esa infantil situación persistiría hasta que le revelase lo que quería saber.


—¡Llévame a casa! —dijo Natalie finalmente, demasiado casada para discutir con aquel sobreprotector padre.


Y ésa fue la primera vez que, cuando un atractivo hombre la llevaba a su casa, Natalie pensó en deshacerse de él lo más pronto posible, porque con su atrevido comportamiento y sus profundos ojos castaños que tanto la atraían, habían empezado a peligrar tanto ella como su coche con la cercanía de ese sujeto.