miércoles, 9 de enero de 2019

CAPITULO 71




—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Pedro, contesta de una puta vez! —dejó Natalie Wilson por enésima vez en el buzón de voz de Miss Dorothy, tras recibir ese inquietante último mensaje.


¿Por qué ese hombre tenía que ser tan obtuso? ¿No podía comportarse por una vez en la vida como un ser racional? Y como siempre que tenía la desgracia de hablar con él, las cosas fueron de mal en peor cuando oyó detrás de ella la inoportuna voz que en los últimos días se le había hecho tan conocida.


—¿Quién es Pedro? —se interesó Jeremias Chaves, que de nuevo la esperaba a la
salida de su trabajo.


—Es… es mi impertinente sobrino —contestó Natalie dubitativa, pensando que si tuviera la desgracia de tener un sobrino como ése, ya haría años que se habría pegado un tiro.


Y como siempre hacía ese individuo del que últimamente no podía librarse, se apartó y, apoyándose en su caro descapotable, alzó una ceja, demostrándole que nunca se terminaba de creer ninguno de sus embustes.


—¿Quién es Miss Dorothy? —le preguntó una vez más Jeremias Chaves, como hacía siempre que la esperaba.


—Una adorable y noble ancianita —contestó Natalie por enésima vez, con una de sus más falsas sonrisas, rezando por que Jeremias se tragara alguna de sus patrañas.


Algo que, evidentemente, no ocurrió.


Cuando él se retiró de su automóvil, suspirando un tanto molesto, le enseñó una extraña y diminuta pieza que sin duda pertenecía a su coche, que, como todos los días, volvería a fallar e iría a parar al taller, donde últimamente el dueño la recibía con una resplandeciente sonrisa. Incluso le había dicho que estaba decidido a ponerle su nombre a una de sus hijas, ya que como siguiera a ese ritmo, terminaría pagando los estudios universitarios de cada uno de sus vástagos.


Una vez que el molesto sujeto desapareció de su vista, Natalie se distrajo un poco buscando el número de su taxista habitual, que ese día parecía llegar tarde a su habitual ronda de «Voy a recoger a la idiota a la que siempre se le estropea el coche a esta hora».


Mientras Natalie reflexionaba sobre qué maldad le habría hecho nuevamente aquel vil mecánico a su descapotable, un joven algo desaliñado tropezó con ella. Natalie se apartó de su camino, pero el muchacho la observó atentamente. Al parecer, como muchos otros, la reconocía por haberla visto en esas dichosas revistas de mujeres emprendedoras, que le habían traído más desgracias que parabienes cuando todos los desconocidos escritores de Nueva York que encontraba a su paso le entregaban sus novelas.


Con la mirada perdida, el joven le puso un ajado manuscrito en las manos y le dijo:
—Mi novela es de lo mejor y sin duda usted estará encantada de leerla —casi ordenó el enfebrecido sujeto, apretando con fuerza las manos de Natalie sobre su obra, obligándola así a coger su libro.


—Señor, debería usted enviarla a la editorial. Sin duda, mis compañeros estarán encantados de leerla.


—No, no, no… Ya he recibido decenas de respuestas de ellos, todas negativas. ¡Y usted la va a leer sí o sí! —contestó el perturbado muchacho, perdido en su mundo, haciendo que Natalie empezara a temer por su seguridad.


—Bien, me la llevaré a casa y la leeré —asintió calmada, decidida a salir del aprieto como fuera y, dado que estaba habituada a mentir, una pequeña mentira más no le haría ningún daño.


Pero el joven no la creyó y esa vez la cogió con fuerza de un brazo, mientras intentaba arrastrarla hacia su coche.


—¡Estupendo! La llevaré a mi casa y la leeremos juntos...


Ni loca pensaba Natalie ir a casa de un pirado que a saber lo que habría escrito, así que plantando sus tacones de aguja firmemente en la acera, intentó deshacerse del sujeto y ya estaba a punto de gritar como una histérica pidiendo ayuda, cuando alguien agarró al chico apartándolo de su camino y empotrándolo contra el capó de su coche.


Natalie no tuvo dudas acerca de quién era el que volvía a maltratar su descapotable, aunque esta vez fuese para ayudarla.


—¡Jeremias, podrías tener un poco más de cuidado! —dijo preocupada por la pintura plateada de su coche.


—¿Con quién? ¿Con el coche o con este tipo? —preguntó él, sabiendo lo mucho que la editora adoraba su pequeño automóvil. Y antes de que Natalie contestara, estampó al individuo unas cuantas veces más contra el deportivo, con una maliciosa sonrisa.


—¡Con mi coche! —gritó ella finalmente, atrayendo algunas miradas hacia lo que estaba ocurriendo.


Jeremias le dirigió una perversa sonrisa y soltó al pirado en mitad de la calle.


—¡Toma tu manuscrito! —le dijo, lanzándolo despectivamente hacia el apaleado joven, que no dejaba de sangrar por la nariz—. Ésa no es forma de tratar a una mujer. Con el acoso constante no vas a conseguir nada de nadie.


Irónica, Natalie alzó una ceja, mientras pensaba cómo el hombre que decía eso lo incumplía constantemente. Intentó hacerle ver que él también la estaba acosando a diario con sus múltiples jugarretas, pero antes de que pudiera decir nada, Jeremias la acalló con unas bruscas palabras:


—A mí sí me está permitido acosarte —le dijo serio. Y después dirigió hacia el joven una amenazadora mirada, haciendo que éste huyera, dejando atrás su adorado manuscrito.


—Te acompañaré a casa —comentó luego Jeremias, conduciendo a Natalie hacia su coche de segunda mano.


—¿No sería mejor que arreglaras el mío? —preguntó ella impertinente, intentando que se diera cuenta de lo estúpido de la situación.


—¿No sería mejor que me dijeras la verdad? —replicó Jeremias, haciéndole ver que esa infantil situación persistiría hasta que le revelase lo que quería saber.


—¡Llévame a casa! —dijo Natalie finalmente, demasiado casada para discutir con aquel sobreprotector padre.


Y ésa fue la primera vez que, cuando un atractivo hombre la llevaba a su casa, Natalie pensó en deshacerse de él lo más pronto posible, porque con su atrevido comportamiento y sus profundos ojos castaños que tanto la atraían, habían empezado a peligrar tanto ella como su coche con la cercanía de ese sujeto.




CAPITULO 70




La mañana en que debía comenzar el dichoso viaje que Pablo me había organizado, me despedí de mi amigo Esteban, que desde su llegada sólo había sido un incordio. Por suerte, los últimos días se había preocupado más de cómo deshacerse de la bochornosa jugarreta de Paula, que aún persistía en nuestros rostros, que de su último pasatiempo, que no era otro que aleccionarme sobre cómo debía llevar mi vida amorosa.


Empezaban a fastidiarme y mucho los consejos baratos que me ofrecían las personas de mi entorno, ya que hasta entonces yo carecía de ese tipo de engorrosas relaciones que todo el mundo me decía que tenía con Paula. Algo del todo incomprensible, porque entre ella y yo tan sólo había una estrecha relación de negocios y sexo, e incluso esto último me era negado últimamente.


¿Por qué las mujeres se empeñaban siempre en darle un nombre a todo? Si nosotros disfrutábamos cada vez que nos acostábamos con alguien, si en ocasiones comenzábamos a pensar en ellas, o si incluso sentíamos celos… ¿por qué había que definirlo tan rápidamente como «amor»?


Las mujeres y sus melosos pensamientos me crispaban los nervios. Por eso me gustaba permanecer lo más lejos posible de ellas y verlas sólo cuando era absolutamente necesario. Por desgracia, eso no podía hacerlo con Paula, ya que estaba pegada a mí hasta que concluyera la dichosa novela.


Mientras terminaba de darle algún retoque a la historia de Miss Dorothy antes de partir hacia mi viaje usando mi verdadera identidad, la del desconocido autor de novelas de intriga Pedro, descubrí dos cosas que me dejaron impactado: la primera, que la novela que había evitado escribir durante dos años por miedo al fracaso ya estaba terminada; y la segunda, que aunque podría librarme en aquel mismo instante de la mujer que tanto me atormentaba, no lo haría, porque no quería poner fin a nuestra relación sin saber qué era lo que comenzaba a sentir por Paula y si era lo que muchos llamaban «amor».


Archivé el documento en mi ordenador sin saber cuándo lo entregaría y guardé silencio sobre él, porque, por el momento, esa historia era lo único que nos unía a Paula y a mí. Seguramente, el día que le entregara el final de la novela, sería el último en que la vería, y aunque si ella pasaba más tiempo a mi lado podría cometer el error de enamorarse de un cabrón como yo, no podía evitar ser egoísta y querer seguir junto a la mujer a la que tanto deseaba.


Tras cerrar el archivo de la última parte de mi saga Redes de amor, mi editora, que parecía tener un sexto sentido para intuir cuándo finalizaba mis novelas, insistió con una de sus tormentosas llamadas. Esa vez decidí hablar con ella y contestar a todas sus engorrosas preguntas con la amabilidad que me caracterizaba, o sea, ninguna. Sobre todo, porque ya estaba más que harto de sus quejas, expresadas tan abiertamente en mi saturado buzón de voz.


—Al habla una desvalida y dulce ancianita... —respondí burlón, recordándole que mi alter ego y yo no nos parecíamos en nada, y sacando con ello a relucir el impertinente acoso al que siempre me sometía con sus llamadas.


—¿Me puedes decir por qué narices te vas de viaje? ¿Y también cómo es que Paula lo ha permitido?


—Me voy para promocionar esas novelas de intriga que tan poco te interesan, Natalie. Y Paula no ha podido hacer nada porque la he encerrado en el maletero — dije, mintiendo vilmente, sabiendo que si intentase hacer eso, ella no tardaría mucho en volver a desmontar mi coche como venganza.


—¿Cuántas veces tengo que repetirte que hice todo lo que pude para que tus novelas fueran aceptadas, pero que a mi jefe no le parecieron adecuadas para sacarlas al mercado? Sin duda lo estás haciendo para torturarme, ¿verdad? —me preguntó Natalie, algo histérica.


—Bueno, eso ya no importa. Como he encontrado otro editor que ha aceptado publicarlas de buena gana, comprenderás que mi tiempo no es sólo tuyo y de tu prestigiosa editorial.


—¿Qué tiempo ni qué narices, si apenas me dedicas unos segundos cuando hablo contigo, y eso siempre y cuando consigo localizarte?


—Bueno, pues aquí me tienes. Aprovecha, tienes treinta segundos para exponerme todas tus quejas antes de que decida colgarte —dije amablemente, concediéndole un poco más del tiempo que solía darle para que me comentara sus preocupaciones sobre el trabajo.


Desgraciadamente, Natalie decidió usarlo dejando caer alguna que otra maldición sobre mi comportamiento y su tiempo se agotó.


Cuando volví a revisar mi buzón de voz, me amenazaba con hacerse un collar con mis pelotas, algo que sin duda nunca quedaría bien en una mujer tan elegante como ella.


Después presté atención a la petición que me hacía.


—¡Pedro, ni se te ocurra jugar con esa inocente chica! ¡Tiene un padre terriblemente sobreprotector que me está haciendo la vida imposible, así que haz el favor de comportarte por una vez en tu vida!


Una petición bastante razonable que no tardé en descartar cuando el objeto de mis deseos entró en el estudio para avisarme de que era la hora de ponernos en marcha. «Lo siento, Natalie, no te puedo prometer nada», le escribí a mi editora en un mensaje de texto, mientras seguía a la mujer que estaría a mi lado durante todo ese largo viaje y que, sin ningún género de dudas, estaba más que decidido a volver a llevar a mi cama.



martes, 8 de enero de 2019

CAPITULO 69




Desde su lamentable primer encuentro con ese hombre, Natalie no podía más.


Llevaba dos días esquivando al persistente sujeto, pero Jeremias Chaves tenía una forma muy particular de hacerse notar: a cada instante que pasaba sin recibir una respuesta satisfactoria sobre el paradero de su hija o sobre la desconocida Miss Dorothy, su adorado coche sufría un nuevo percance.


Era desquiciante no saber cuánto subiría en esa ocasión la abultada factura del taller, y Natalie no podía sobrevivir sin algún tipo de vehículo con el que desplazarse para acudir a tiempo a sus múltiples reuniones. Por culpa de ese hombre ya había llegado tarde a la cita con un nuevo autor, y a punto estuvo de perder la oportunidad de firmar con otro. Por no hablar de una importante reunión con su intransigente jefe, a la que había llegado por los pelos.


Finalmente, por tercera vez en esa semana, su coche estaba reparado y esperándola en la puerta de la editorial. O eso al menos era lo que le había dicho el joven del taller que le había entregado las llaves a la hora del almuerzo.


Cuando Natalie concluyó su jornada laboral y se dispuso a dirigirse a su dulce hogar, se encontró de nuevo con la presencia del dichoso sujeto junto a su vehículo.


Con su fuerte físico y su atractivo porte podría parecer un sueño para cualquier mujer, pero para ella se estaba convirtiendo en una horrible pesadilla.


—Tenemos que hablar —dijo una vez más Jeremias Chaves, enseñándole una enorme llave inglesa que sólo podía significar que su coche de nuevo no funcionaba.


Natalie tomó aire, sonrió amigablemente y volvió a intentar que él creyera sus mentiras.


—Como ya le he explicado en varias ocasiones, señor Chaves, su hija está en un agradable viaje de negocios, ayudando a nuestra adorada Miss Dorothy, que en estos momentos está bastante enferma. Si ya ha contactado con Paula, sabrá que está en perfectas condiciones y que su preocupación es superflua.


—Sé que mi hija está bien, eso no es lo que me preocupa. Lo que me mantiene despierto por las noches es la varonil voz que me contestó cuando la llamé, diciéndome que él era Miss Dorothy —comentó Jeremias, cuestionando cada una de las falsas palabras de Natalie.


«¡Qué hijo de…!», maldijo mentalmente Natalie, pensando en aquel enervante autor, que, aunque estuviera a miles de kilómetros de distancia no dejaba de hacerle la vida imposible.


—Seguramente sería una estúpida broma de alguno de los ayudantes de Miss Dorothy.


—Sí, claro —replicó irónicamente Jeremias, sin dejar de exigir una respuesta que no fueran un montón de patrañas.


—Para su tranquilidad, voy a llamar a Miss Dorothy y haré que su ayudante se disculpe por lo ocurrido y que le explique la situación —propuso sonriente Natalie, decidida a amenazar a Miss Dorothy con clavarle sus caros tacones de aguja en cierta zona sensible si hacía falta, con tal de deshacerse del acoso de aquel sobreprotector padre que tanto mal les hacía tanto a ella como a su coche.


—Bien, hágalo —contestó serio y muy decidido Jeremias, cruzando los brazos frente a su pecho, a la vez que se acomodaba sobre la carrocería del lujoso deportivo, indicándole a Natalie que no se movería de allí hasta que hiciera esa llamada.


Ella marcó lentamente el número de teléfono de Pedro y esperó a que atendiera su llamada. Como era habitual, él se estaba tomando su tiempo en contestar y Natalie, mientras tanto, sonreía como una idiota, mirando al amenazante hombre que tenía delante y que alzaba impertinente una ceja, llegando a la temible conclusión de que todas sus sospechas eran ciertas.


Al fin, como siempre que solía llamar a ese número, el buzón de voz saltó, con un inquietante mensaje:
—Estoy de viaje, lo que sólo puede significar que voy en busca de sexo, alcohol y mujeres. Si quiero contactar contigo, ya lo haré cuando vuelva. Y si eres Natalie Wilson, no te molestes en dejar ningún mensaje, ya que no te llamaré.»


—¡Cabrón! —susurró ella entre dientes, esperando sinceramente que Jeremias no la hubiera oído.


—¿Y bien? —preguntó él impaciente.


—Por lo visto están de viaje por los alrededores, seguramente para conseguir un poco de la inspiración que tanta falta les hace a los escritores —mintió Natalie, rogando porque esta vez él la creyera y decidiera dejarla en paz de una vez.


—Señorita Wilson, a pesar de lo que usted y mi hija crean, no soy idiota. Sé que algo raro pasa con la identidad de esa famosa escritora. Tenga presente una cosa: seguiré viniendo todos los días hasta que decida contarme la verdad. Hoy tampoco le aconsejo que coja su coche. Creo que el motor podría recalentarse un poco a mitad de camino —finalizó pendenciero, mientras se alejaba en su coche de segunda mano, que funcionaba mucho mejor que el nuevo y lujoso deportivo de Natalie, dejando así a la editora a la espera de un taxi y de una nueva factura del taller, que últimamente se estaba forrando a su costa.


Como siguiera así, su mecánico podría montar una nueva franquicia que llevara su nombre y una dedicatoria para ella: «A la encantadora pero poco afortunada conductora, que mejor haría en sacarse un abono para el bus».


Cuando Natalie subió al taxi, algo cansada, saludó amablemente al conductor, que era el mismo que la había recogido los dos últimos días y al que, para su desgracia, le encantaba hablar de los maravillosos libros de su autora preferida, que, por supuesto y como no podía ser de otro modo, era la persona que más detestaba Natalie.


—¡Jodida Miss Dorothy! —murmuró en voz baja, deseando una vez más no haber conocido jamás a Pedro Alfonso.



CAPITULO 68




A la mañana siguiente, Paula se levantó temprano para terminar de ultimar el viaje que, según el programa de Pablo, debería comenzar en una semana. Ella se había hecho cargo de supervisar cuánto tiempo estarían en cada ciudad, de organizar las breves pausas para las comidas y también de elegir la ruta más corta y fácil posible para llegar a cada destino.


Pero cuando intentó ocuparse de las reservas en hoteles o pensiones donde pasar las noches, Pedro le aseguró que él se encargaría de todo. Algo que, de hecho, no la tranquilizó en absoluto, pues, conociéndolo como lo conocía ya, seguramente acabarían durmiendo en algún sitio extraño, acompañados de los amigos, aún más extraños, de ese hombre.


Pero como Paula no pagaría nada, no podía protestar, así que simplemente cruzó los dedos para que los conocidos de Pedro no fueran unos bichos raros y poder así dormir plácidamente en algún lugar adecuado a lo largo del intenso viaje, que duraría unos cuatro días.


Cuando concluyó con los datos que Pablo le enviaba a su móvil, seguramente resuelto a no cruzar palabra alguna con Pedro por si de repente éste decidía cambiar de opinión respecto a esa gira, decidió que ya era hora de despertar a aquellos dos personajes que la noche anterior se habían apropiado de la confortable cama que ella, tan orgullosa, había ganado con alguna que otra sutil trampa.


La sorprendió mucho la imagen que se encontró cuando abrió la puerta de la habitación. No pudo resistir la tentación de hacer una foto de tan conmovedora escena, para luego restregársela por las narices a sus protagonistas, mientras se burlaba de sus dos hombres favoritos: el actor playboy y el escritor amargado.


«¡Vaya mierda de gusto tengo para los hombres!», pensó resignada, al tiempo que dirigía su móvil hacia los dos y murmuraba irónicamente «Sonreíd», cuando sabía que en el profundo estado de somnolencia en el que se hallaban ambos bellos durmientes, ninguno podría hacerlo.


—¡Esto va directo a mi salvapantallas! —anunció alegremente, sin poder dejar de mirar a aquellos dos enormes y viriles especímenes masculinos, abrazados como dos quinceañeras tras una fiesta de pijamas.


Comenzó a alejarse con la idea de guardar su móvil, pero de repente recordó las maliciosas jugarretas que Raúl y ella se habían gastado desde siempre, cuando alguno de los dos se quedaba dormido en el taller. Y tras rememorar cada una de las humillaciones que había sufrido a manos de Pedro, decidió que eso era lo menos que se merecía, por tratarla de esa manera.


Paula corrió hacia su maleta, que se hallaba en un rincón de la estancia, y rebuscó silenciosamente hasta hallar la herramienta de su venganza. ¡Oh, cuánto se iba a divertir cuando ellos se despertaran!


En el momento en que finalizó su pequeña obra de arte, no pudo evitar hacer una foto para la posteridad.


—¡Oh, ésta es perfecta para fondo de pantalla de mi ordenador! —comentó maliciosamente, al tiempo que se alejaba hacia la cocina para disfrutar de un magnífico desayuno.


Mientras caminaba tan tranquila por el pasillo, oyó unos sorprendidos gritos y alguna que otra maldición, que le indicaron que los dos hombres finalmente habían descubierto lo artística que podía ser a aquellas horas de la mañana. Sobre todo cuando dos imbéciles interrumpían su sueño durante la noche anterior.


En el momento en que se sentó frente a su desayuno y empezó a disfrutarlo con una malvada sonrisa en la cara, sin poder dejar de jugar con un rotulador negro, oyó que Pedro y Esteban discutían sobre quién entraría antes en el baño. Finalmente, como los inseparables amigos que eran, entraron juntos, y Paula se preguntó cuánto tardarían en darse cuenta de que el rotulador que había utilizado era indeleble. Y que la barba de chivo que les había dibujado, junto con los círculos negros que les rodeaban los ojos, tardarían un par de días en desaparecer.


Por los gritos indignados y furiosos que oyó, dedujo que no habían tardado mucho en darse cuenta de ello. Ahora sólo faltaba que aprendieran la lección y que ninguno de ellos volviera a robarle la cama a una adorable y dulce chica como ella.




CAPITULO 67




Paula disfrutaba de su merecido descanso en la amplia cama, cuando unos gritos de borracho la despertaron. Desde que Pedro había decidido tomarse el día libre, no había vuelto a verlos ni a él ni a su amigo. Sospechando que ponerse al día de sus asuntos les llevaría toda la noche, Paula había tomado de nuevo posesión de la cama y se entregó a un plácido sueño en el que todos sus deseos se cumplían, hasta que aquellos dos ineptos decidieron devolverla bruscamente a la realidad.


Intentó acallar sus voces, como toda persona racional hacía cuando tenía unos molestos vecinos y no quería abandonar su cálida cama: se acurrucó entre las sábanas y se tapó la cabeza con la almohada, y luego, al ver que eso no le servía para nada, hizo lo que toda chica de Brooklyn haría a las tres de la madrugada en aquella situación: ir a buscar a sus escandalosos compañeros para hacerles entender con alguna que otra patada en el culo que esas horas eran para dormir.


Guiándose por los patéticos gritos, llegó hasta el estudio, donde los encontró sentados en la alfombra y comiendo palomitas acompañadas por algún fuerte licor de las Highlands, una nefasta combinación, sin duda, mientras veían Sonríe, mi amor.


En esa última película que Esteban había protagonizado, el actor representaba a un fotógrafo que se enamoraba de una de sus ayudantes, en vez de hacerlo de una de las modelos a las que fotografiaba. Se trataba de una divertida y enternecedora comedia romántica, que perdía todo su encanto cuando dos estúpidos le gritaban advertencias al
protagonista a la vez que le arrojaban palomitas.


—¡No la creas! ¡Es todo mentira! ¡Sólo va contigo por tu dinero! —advertía Esteban, con animados gritos, a su otro yo de la pantalla.


—¡Escapa! ¡Huye ahora que aún estás a tiempo, antes de que se convierta en una bruja amargada! —añadía Pedro, acompañando las delirantes palabras de su amigo.


Paula carraspeó, intentando que le prestaran atención. Finalmente, harta de sus gritos, ella también alzó su voz a ver si así aquellos dos energúmenos la escuchaban.


—¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo a las tres de la madrugada?


—¡Joder, la bruja! —dijo Pedro, percatándose al fin de su presencia y haciendo que su amigo riera estruendosamente ante sus payasadas.


—¡Os vais a ir ahora mismo a dormir si no queréis que os patee el trasero! — ordenó Paula. Y se quedó sorprendida ante su rápida obediencia, ya que apagaron el televisor y se levantaron del suelo.


Después de eso, Paula pensó que estaban demasiado borrachos para su bien, cuando los vio jugar a piedra, papel y tijeras algo tambaleantes, negándose en redondo a moverse del sitio hasta que uno de ellos hubiera ganado el juego, al mejor de tres...


—¿Qué diablos estáis haciendo ahora? —preguntó Paula, demasiado confusa y adormilada como para tener paciencia con ellos.


—Decidir quién comparte la cama contigo esta noche —contestaron los dos, inmersos en el juego y sin prestar atención a su encendido humor, que iba caldeándose con cada palabra que salía de la boca de ellos.


—¡Ninguno! —gritó Paula indignada, empujándolos hacia la habitación que compartirían, ya que si los volvía a dejar a sus anchas nadie dormiría esa noche.


—¡Pero yo quería compartir la cama contigo! —se quejó Pedro como un niño mimado.


—Eso no volverá a pasar nunca —declaró Paula, cerrando la puerta en las narices del tentador pelirrojo, totalmente decidida a cumplir su palabra. Luego se marchó hacia el sofá, donde al fin podría hacer sin interrupción lo que tanto deseaba en esos momentos: dormir a pierna suelta y disfrutar de un maravilloso sueño donde nadie la molestara.




lunes, 7 de enero de 2019

CAPITULO 66




Natalie Wilson miraba asombrada el teléfono que sostenía entre las manos sin llegar a creerse todavía que aquella dulce joven a la que le había encomendado la tarea, fuera la impertinente que le había colgado el teléfono en la cara. Después de pensarlo detenidamente, admitió que el encargo no era fácil, ya que ella misma, en dos años, no había conseguido ni una sola palabra de la endemoniada Miss Dorothy.


Tras repasar la decena de personas que había enviado en busca de ese libro y que habían vuelto con las manos vacías, recapacitó y llegó a la conclusión de que Paula posiblemente se sintiera un poco agobiada. Aunque aún no comprendía cómo una persona como ella se atrevía a levantarle la voz a un superior, cuando su futuro pendía de un hilo del que ella podía tirar para que alguien leyera al fin su dichoso manuscrito.


Después de revisar su correo electrónico, un tanto agradecida por tener ya los primeros capítulos de esa novela que todo el mundo le reclamaba, Natalie decidió echar un vistazo al principio del libro antes de presentárselo a su jefe.


Cuando acabó de leer el primer capítulo, vio que la maliciosa Miss Dorothy, un tanto ultrajada por las airadas críticas a sus novelas debido a las numerosas escenas de sexo que incluía en ellas, se había entretenido en poner la obscena frase «y follaron para siempre» cada dos párrafos.


Así que si Natalie quería entregarle a su jefe algo que no le tirara a la cara después de señalarle la puerta, tendría que pasarse toda la noche eliminando esos gazapos. El resultado sería una entrega tardía del prometido adelanto, lo que le supondría gritos, regañinas y nuevas amenazas de perder su puesto de trabajo. Y todo gracias a la adorable Miss Dorothy y a una de sus nuevas jugarretas.


No le extrañaba que Paula le hubiera gritado por teléfono. Definitivamente, cualquier persona que pasara más de unas pocas horas en compañía del autor de Redes de amor acabaría crispada y necesitando un psicólogo, como ese al que acudía ella todos los martes desde que tuvo la maravillosa idea de promocionar esos libros que le habían traído tanta fama, pero que ahora sólo constituían un gran dolor de cabeza.


Visto así, era de lo más normal que el dulce temperamento de aquella joven se hubiera agriado. Si para cuando terminase ese trabajo Paula aún seguía cuerda, ella haría todo lo posible para que alguien leyera su obra. Después de todo, alguien tan responsable como esa chica, que no le acarreaba ningún problema, no merecía nada más que sus halagos aunque se hubiese vuelto un poquito insolente.


Cuando Natalie salió de la oficina, dispuesta a tomarse un merecido descanso tras ser reprendida severamente por su atrasado trabajo, se dirigió hacia su venerado coche deportivo, que se hallaba en un estacionamiento de la calle reservado para ella. En el momento en que llegara a casa se daría un relajante baño de espuma en su lujoso piso y luego se dedicaría a su ardua tarea con la novela de Miss Dorothy.


En el instante en que la puliera, quedaría perfecta y, tras entregársela a su jefe, no tendría que escuchar más de sus imaginativas quejas pronunciadas con aquel plural mayestático que tanto la molestaba. Al fin comenzaba a irle todo bien, o eso pensaba Natalie antes de ver a un atractivo hombre de profundos ojos castaños y descuidados cabellos oscuros, más o menos de su edad, apoyado despreocupadamente en su coche, por lo que ella asumió que estaba esperando a alguien.


La editora estaba más que dispuesta a apartarlo de la lujosa carrocería de su vehículo con algún discreto coqueteo que no lo ofendiera demasiado, cuando el hombre la miró fijamente, le enseñó unos extraños cables que ella no tenía ni idea de para qué podrían servir, pero que estaba segura que pertenecían a su amado automóvil, y le habló con decisión:
—Usted y yo tenemos que hablar sobre el lugar a donde ha mandado a mi hija. Y lo más importante: me va a explicar detenidamente quién es Miss Dorothy...


«¡Mierda!», pensó Natalie, mientras observaba la empecinada mirada de aquel protector padre que estaba decidido a saber la verdad. ¿Y cómo le explicaba a un hombre como ése que había mandado a su inocente hija con un rudo pelirrojo de casi un metro noventa de estatura, un mal genio terrible y que escribía novelas eróticas bajo un ridículo seudónimo, simplemente porque estaba desesperada ante la idea de acabar en la calle?


«Muy simple, Natalie, haz como siempre: miente, miente mucho y miente más todavía», se dijo la editora, un tanto inquieta, dedicándole a aquel hombre su más falsa sonrisa. Algo que, a juzgar por el rudo gesto de él, no llegó a encandilarlo en absoluto