miércoles, 2 de enero de 2019

CAPITULO 49




Conducir hacia su casa y llegar intacto se le estaba haciendo imposible, con la «señorita tentación» sentada junto a él, poniendo la radio a todo volumen y cantando cada una de las canciones que encontraba. Se las supiera o no, Paula las interpretaba con gran emoción. ¡Qué pena que los oídos de Pedro no tuvieran el mismo entusiasmo por oír sus delirantes y desafinados berridos!


La tercera vez que puso fin a ese ensordecedor ruido apagando la radio, Paula intentó encenderla de nuevo, momento en el que Pedro retuvo junto a él su delicada mano. Pero si creyó que con eso conseguiría silenciarla, estaba muy equivocado, ya que, por lo visto, ése fue el momento elegido para que Paula añorara su casa y comenzara a entonar la famosa canción New York, New York, de una manera tan lamentable, que, sin duda alguna, si Frank Sinatra estuviera vivo, le patearía su hermoso trasero sin clemencia alguna.


El dolor de cabeza, que en un principio había comenzado como una leve punzada en su sien derecha, ahora se había convertido en algo bastante insoportable. Y más cuando aquella loca no dejaba de aullar junto a su oído una canción de la que sólo se sabía el estribillo.


Pedro se detuvo unos instantes en un apartado y oscuro lugar alejado del camino, decidido a amordazarla con su camiseta o a meterla en el maletero con tal de acallar aquel irritante sonido que lo estaba poniendo de los nervios.


—¿Ya hemos llegado? —preguntó Paula, confusa, al ver que Pedro no apagaba el motor del vehículo.


—No. Hemos parado un momento para tomarnos un descanso —contestó él, mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad y rebuscaba en la guantera un bote de analgésicos y una botella de agua que había dejado antes.


—Ya sé lo que está pasando, ¡te quieres aprovechar de mí! —exclamó Paula, desabrochándose también el cinturón.


—No, eso no es lo que estoy…


—¡Ya era hora! —interrumpió ella sus explicaciones, colocándose sobre su regazo y poniendo fin a la búsqueda de un alivio para su malestar que no fuera ella misma.


Pedro puso sus manos en la espalda de la mujer que se retorcía insinuante encima de él, sin dejar de besar su rostro con dulzura, tentándolo a abandonarse a la locura.


Decidido a comportarse como un caballero, probó a hacerla razonar, pero la confesión que salió de su boca, esas palabras que él nunca había oído, lo hicieron olvidarse de todas sus buenas intenciones y sucumbir una vez más al pecado, arrastrándola con él hacia el placer que tanto los deleitaba.


—Paula, estás borracha… no quiero que hagas algo de lo que mañana te puedas arrepentir —dijo firmemente Pedro, alejándola por unos instantes de él para que cesara en sus desmedidas muestras de afecto y comprendiera lo que estaba haciendo.


—Te he echado de menos, ¡todas las noches te echo de menos! —confesó ella, aún en su regazo. Y tomando una de sus fuertes manos, hizo que le acariciara la cara, mientras proseguía con la revelación de sus más profundos sentimientos—: Añoro tus gruñones comentarios, tu ácido humor y tu perversa sonrisa —declaró feliz, besando la mano que al fin la volvía a tocar—. Tus embaucadoras palabras, que sólo saben tentarme, y tus fuertes brazos, que en sueños me retienen contra tu cuerpo… —continuó dulcemente, abriendo al fin los ojos y enfrentándose a la sorprendida mirada del hombre al que había comenzado a amar—. Añoro tus palabras como Miss Dorothy y también las bruscas pronunciadas como Pedro Alfonso, que salen de tu boca confundiéndome por igual. Pero lo que más echo de menos son tus caricias, con las que me demuestras que, a pesar de que tus labios lo nieguen, sientes algo por mí que no sabes cómo definir. Y eso te asusta… —declaró Paula, mientras le acariciaba los labios con uno de sus delicados dedos—. Estamos tan cerca, pero a la vez tan lejos, Pedro... —finalizó, llegando a un lugar de aquel hombre al que nunca nadie había llegado: su corazón.


Pedro no pudo ser el caballero que hacía recapacitar a la confusa mujer que tanto lo tentaba de que aquello era un gran error. No pudo convertirse en ese hombre de novela rosa que ella admiraba, porque los hombres de verdad no tenían tanta fuerza de voluntad como para alejar lo que más codiciaban. Y él tenía entre sus brazos su mayor anhelo: una mujer que lo conocía por completo y que, aun así, lo deseaba.


Por primera vez en su vida, se dejó llevar por lo que su loco corazón le dictaba y, tras besar tiernamente la mano de ella, que todavía descansaba sobre sus labios, la llevó hacia su cuello y se apoderó de su boca, haciéndole ver a Paula lo mucho que él también había añorado la unión de sus cuerpos.


Ella se dejó guiar en ese tórrido beso que tanto deseaba y se abandonó a las caricias de aquel hombre que tanto amor le mostraban. Pedro devoró su boca, besando con exquisita delicadeza sus labios, para luego mordisquearlos con ternura y lograr que algún que otro gemido escapase de Paula, aprovechando el momento para que su lengua se adentrara en su boca para jugar con la de ella, mostrándole la dulce pasión de un beso.


Las fuertes manos de Pedro vagaron por el cuerpo de Paula, y alzó poco a poco el jersey que lo había estado tentando toda la noche. Ella levantó los brazos por encima de la cabeza y Pedro se los retuvo con la nívea prenda, que usó para sus tentadores juegos de seducción: cogió con brusquedad el jersey que mantenía aprisionadas las manos de Paula y lo echó hacia atrás, haciendo que ella se recostara contra el volante del coche.


A la vez que con una mano la mantenía prisionera, con la otra le acariciaba la cintura, haciéndola estremecer con cada uno de sus mimos. Pedro subió lentamente hacia el sujetador y se lo desabrochó. Luego, sin más, lo apartó de su camino cuando sus labios decidieron deleitarse con el dulce sabor de Paula.


Devoró sus pequeños senos, haciendo que sus pezones se irguieran impacientes.


Su lengua recorrió con lentitud cada uno de ellos y sus dientes jugaron tentadores con sus pechos. Cuando Paula suplicó más, Pedro simplemente retiró la boca y, después de brindarle una de sus perversas sonrisas, sopló sobre ellos, haciéndola temblar.


La mano de él descendió lentamente por su cintura hasta el borde de los pantalones y se introdujo dentro de ellos, llegando hasta su más recóndito lugar. Ella se removió inquieta, buscando las caricias de un hombre que siempre sabía complacerla, y cuando introdujo varios dedos en su húmedo interior, sin dejar de rozar su clítoris con otro, Paula no pudo evitar gemir de placer, incitándolo a seguir con cada una de sus cautivadoras acciones.


Mientras se movía inquieta sobre el regazo de Pedro, notó la evidencia de lo mucho que aquel hombre la deseaba y le rogó que le liberara las manos, atrapadas por el jersey, para poder tocarlo. Pedro simplemente desoyó sus súplicas y la sujetó más fuerte, a la vez que su ávida boca volvía a devorar los turgentes senos, llevando su cuerpo a la cúspide del goce.


Paula, sintiendo el placer de sus labios junto al de las caricias de sus manos, no pudo evitar entregarse a un desgarrador orgasmo, durante el que gritó el nombre del hombre que tanto confundía su cuerpo y su mente. Se desplomó saciada contra el volante del automóvil, haciendo sonar el claxon.


Él se rio ante el ensordecedor ruido que los sorprendió a ambos y antes de que Paula pudiera reaccionar de alguna manera, la tumbó en el asiento del pasajero, desnudándola rápidamente: el jersey fue arrojado a un lado, liberando al fin sus manos, y él se despojó del suyo, mostrando la desnudez de su pecho. 


Luego se bajó los pantalones para, a continuación, colocarla de nuevo sobre su regazo, entrando esta vez en su húmedo interior de una profunda embestida que los hizo gemir a ambos, deleitándose con el placer de la unión de sus cuerpos.


Pedro sujetó la cintura de la apasionada mujer que lo montaba, marcando el ritmo que exigía su cuerpo, y ella se dejó guiar mientras sus delicadas manos sujetaban los fuertes hombros del hombre que la tentaba.


Paula no tardó en volver a excitarse cuando la boca de Pedro volvió a agasajar sus pechos y él incrementó su ritmo, haciéndola delirar de placer cuando sus labios susurraron en su oído las bellas palabras que en verdad él nunca reconocería.


Ése fue el momento en que Paula se estremeció ante un nuevo orgasmo, dejándose llevar hasta el éxtasis.


Él la acompañó, llevando inclemente su cuerpo hasta el límite del placer, donde los dos gritaron el nombre de la persona que más los irritaba y complacía en todo momento.


Paula se derrumbó sobre él, que la abrazó con un cariño que nunca demostraba. La retuvo contra su cuerpo, acunándola entre sus brazos hasta que el frío de las Highlands comenzó a hacer su aparición. Entonces se vistieron con prisa y volvieron a emprender el camino sin decir una sola palabra sobre lo ocurrido, porque en realidad ninguno de los dos sabía si lo que sentían el uno por el otro podía definirse como amor



CAPITULO 48




Mi cerveza permanecía en la barra, pasando desapercibida para mis ojos, mientras perdía la cuenta de las que ella tomaba. Cada vez que miraba hacia la amorosa parejita, que no cesaba en sus bromas, me sentía más irritado. En algún momento de la velada, más de uno de los habituales clientes de Hamish se unieron a las bromas de Luis, convirtiendo finalmente aquella cita en una divertida reunión.


Algo que debería haber supuesto un alivio para mí, de no ser porque Paula se convirtió en el centro de atención de un grupo de solteros que, sin duda alguna, buscaban pareja. Cinco hombres la rodeaban buscando ser el que más la hiciera reír y divertirse en esos momentos y por las risitas nerviosas de ella era indudable que Paula se lo estaba pasando en grande, mientras que yo únicamente la observaba, bastante irritado, pensando que en esos instantes los dos deberíamos estar encerrados en mi estudio buscando mi inspiración.


Tras el típico juego de taberna con los chupitos, ese de «a ver quién bebe más antes de caer trompa», en el que ella no dudó en participar, le tocó el turno a tirar los dardos, donde ni uno de ellos hizo una diana o llegó a aproximarse siquiera. Luego, los pretendientes de Paula tuvieron la maravillosa idea de cantar alguna picante canción de las Highlands, mientras Luis le enseñaba a ella cómo eran los bailes típicos del lugar. Por muy poco no acabaron los dos golpeando el suelo con su trasero.


Esa idea me hizo sonreír con malicia, hasta que Paula tropezó y acabó cayendo en los brazos de Luis. Cuando vi ante mí una de esas melosas escenas que yo mismo escribía, en las que la pareja acababa besándose después de un resbalón de ese tipo, no pude contener mi rabia y me levanté bruscamente de mi taburete, dispuesto a impedir que eso pasara, porque Paula estaba allí sólo por mí y, por lo tanto, era mía.


Un pensamiento del todo irracional, pero como yo no soy de la clase de tipos que le dan demasiadas vueltas a las cosas, fue una excusa perfecta para poner mis pies en marcha hasta el lugar donde se encontraba la mujer a la que tanto deseaba.


Como aquello era la vida real y no una empalagosa novela, Paula acabó apartándose de los brazos de Luis y sin duda de esta manera lo libró de la ira de mis puños, que en esos momentos se volvían a cerrar con furia cuando ella tuvo la genial idea de enseñarles alguno de los bailes típicos de Nueva York a aquellos estúpidos para mostrarles su agradecimiento. Para ello, seleccionó una animada canción en la vieja máquina de discos de Hamish, a la vez que movía su sensual cuerpo de una forma que los hizo babear a todos.


En el preciso momento en que sacudió pecaminosamente su larga melena castaña, haciéndonos pensar en eróticas fantasías, no tuve dudas: esa mujer sería mi perdición.


Pero cuando la oí proponerles alegremente a los hombres que la rodeaban que bailaran con ella, estuve seguro de que esa noche tendría una pelea si alguno de ellos tenía la estúpida idea de aceptar.


Los fulminé a todos con una de mis más terribles miradas, mientras pasaba entre ellos hacia la mujer que había conseguido que mis buenas intenciones de permanecer alejado se esfumaran en un solo instante, precisamente en el mismo momento en el que comenzó a menear su trasero frente a mí.


Sin decir ni una palabra, me la cargué sobre el hombro y debía de estar bastante borracha, ya que ni una sola queja salió de sus labios cuando le eché el abrigo encima y cogí su bolso de las manos de Luis, que me sonreía alegremente, sin importarle demasiado que pusiera fin a la velada arrebatándole a su cita.


—¿Es que nunca te han enseñado a no tocar las cosas que son de otro? —increpé bastante molesto a mi fastidioso amigo, que siempre me recibía con una sonrisa.


—¡Pero yo no soy tuya…! —intentó intervenir Paula, alzando un poco la cabeza que caía sobre mi espalda.


—¡No interrumpas las conversaciones de los hombres! —la corté enfadado, palmeando su trasero con una de mis fuertes manos, mientras intentaba sostener con la otra su frágil cuerpo, que seguía revolviéndose sobre mi hombro, un tanto inquieta. Al parecer, la advertencia de mi mano la hizo entrar en razón, porque dejó de moverse, evitando así una brusca caída, y simplemente resopló resignada ante mi mal humor.


—No sabía que te pertenecía —contestó Luis, atrevido, ampliando su sonrisa.


—Pues ahora lo sabes, ¡así que procura mantenerte alejado de mi nueva ayudante!


—Creía que era tu mecánica.


—Digamos que es simplemente mía... —dije, poniendo fin a las indagaciones de mi impertinente amigo.


—¿Y ella lo sabe? —se burló Luis, al oír los resignados suspiros de Paula, que, al parecer, no estaba de acuerdo con mi afirmación.


—Lo sabrá —sentencié, dispuesto a hacerle saber a Paula que el tiempo que estuviéramos juntos me pertenecía sólo a mí.


Luego acallé sus ofendidas protestas con otro fuerte azote y me la llevé de la animada reunión todavía cargada sobre mi hombro, ante el asombro de todos y alguna que otra risita de los que me conocían y sabían que yo nunca había hecho el idiota por una mujer. Hasta entonces.


Pero es que esa mujer tenía algo que hacía que no me pudiera resistir a sus encantos. Para mi desgracia, algunos de los allí presentes comenzaban a pensar lo mismo que yo, cuando Paula alzó su rostro y se despidió de todos lanzándoles besos y «te quieros» con bastante indiferencia, sin importarle demasiado su poco digna posición.


Me enojé un poco con sus desprendidas muestras de cariño, pero me resistí a golpear sus nalgas de nuevo para llamar su atención, así que oculté mi atrevida mano por debajo del grueso abrigo que la tapaba y acaricié su atrayente trasero como había querido hacer tras su sensual bailecito.


—¡Pedro! —gritó alterada, volviendo a forcejear conmigo y mirándome escandalizada por mi comportamiento, pero cesando al fin sus amorosas despedidas.


—Paula... —respondí sensualmente, dirigiéndole una de mis sugerentes miradas, que siempre la hacían darse cuenta de lo mucho que la deseaba.


Y tras enfrentarse a mis ojos, me ordenó que la llevara a casa, un tanto acalorada, porque ambos sabíamos cómo terminaría esa noche en la que los dos habíamos intentado evitar algo que no podíamos negar: la atracción de nuestros cuerpos, que nos reclamaba revivir el recuerdo del placer que ya habíamos experimentado el uno en brazos del otro, y que nunca sería olvidado por ninguno de los dos.




CAPITULO 47




Paula se sentó contenta en el lugar que Luis le había indicado. Aunque se hallaba un poco apartado, no quiso quejarse ante las buenas intenciones del joven que tan amablemente la había invitado a disfrutar de unas cervezas.


Se fijó en el jovial ambiente que la rodeaba, donde los hombres disfrutaban con sus amigos de unas copas, mientras compartían sus anécdotas del día y todos ellos saludaban con simpatía al conocido dueño, que servía sus bebidas tan tranquilo ante sus socarronas bromas.


La pequeña taberna, llamada El Trébol de la Suerte, tenía gran fama entre los turistas debido a que parecía una de esas ancestrales cantinas de la época medieval.


Tanto su arquitectura exterior como la interior parecían antiguas. No obstante, se podía disfrutar de todas las comodidades de la era moderna, ya fueran la adorada calefacción o los entretenidos juegos de dardos que había a un lado. O la cara cerveza de importación que tenían entre las manos los que no eran capaces de aguantar el fuerte brebaje de las Highlands.


Vigas de madera, suelos adornados con alguna original alfombra, paredes de piedra y algún que otro llamativo adorno, como grandes espadas de lejanas épocas, o gaitas, eran la interesante decoración que atraía a tanta gente a ese pequeño refugio, donde se podían dejar los problemas de lado, sumergirse en el festejo y disfrutar con los amigos de una buena bebida.


Al no ver a Pedro por allí, Paula suspiró aliviada.


Después de calmar un poco su genio, vio que su enfado era algo irracional, ya que ellos no tenían ninguna relación que no fuera la que los unía para finalizar aquella endiablada novela. Que se hubieran acostado no significaba nada, sobre todo para un hombre que sólo utilizaba a las mujeres. Aun así, a Paula le molestaba bastante la idea de haber sido sustituida tan deprisa por otra chica, cuyos encantos básicamente eran una bonita delantera.


Mientras miraba sonriente al joven que trabajaba para Pedro llevándole a su apartada casa la correspondencia y haciéndole algún que otro recado cuando ese solitario ermitaño se negaba a abandonar su hogar, pensó en lo distinto que era ese agradable pelirrojo de profundos ojos verdes que siempre sonreía, del furioso hombre que siempre la recibía con un amargo gesto, grabado en su rostro de forma permanente.


Decidió que esa tarde disfrutaría de un buen descanso con alguien que, para variar, la hacía reír con sus agradables bromas. Todo lo contrario que Pedro, que sólo conseguía irritarla con cada uno de sus ofensivos comentarios.


Pero su jovial sonrisa no tardó mucho en desaparecer de su rostro cuando precisamente Pedro colocó su cerveza con brusquedad en la mesa y se sentó enfrente de ella sin pedir permiso, dedicándole una de sus furiosas miradas, que revelaba lo mucho que lo exasperaba su presencia en ese lugar.


—Veo que tienes tiempo para divertirte... —la acusó, señalando a Luis, que aún estaba charlando con el hombre que servía las cervezas.


—Que yo sepa, trabajar para ti no me convierte automáticamente en tu esclava — respondió aguerrida Paula, sin dejarse amilanar por aquella mirada que había aprendido a reconocer.


—Creo que no leíste la letra pequeña del contrato —comentó Pedro irónico, burlándose de su audacia—. Si quieres que termine ese maldito libro, tienes prohibido salir con otros hombres. No quiero que mi secretaria se distraiga por nada del mundo y que no pueda llevar a cabo sus funciones como tal.


—Sí, claro… pero mientras tanto, tú puedes distraerte todo lo que quieras, ¿verdad? —preguntó Paula sarcástica, señalando a la pelirroja de grandes pechos que ya había tenido el placer de contemplar desnuda bajo el cuerpo de Pedro en una ocasión.


—No me distraigo, sólo he venido a despejarme un poco la mente y a buscar inspiración. Donde lo haga y con quien lo haga, definitivamente, no es tu problema, ya que tú sólo estás interesada en ese libro. ¿O es que yo también te intereso? —se burló Pedro, acercándose al retador rostro de aquella mujer que aún lo seguía cuestionando.


—Pues lo mismo digo: ¡yo también puedo encontrar inspiración en quien me dé la gana! —señaló Paula, dirigiendo su pícara mirada hacia el jovial hombre que se les acercaba—. En cuanto a eso de interesarme por ti, nunca sería tan idiota como para cometer tal error. Ya que sé que tú no eres una débil ancianita, a pesar de que muchos piensen lo contrario, Miss Dorothy —declaró, acercándose a Pedro hasta que sus labios estuvieron separados por unos pocos centímetros, y sus tentadores alientos representaban una caricia que ninguno de los dos quería rechazar.


Algo que no obstante hicieron cuando Luis llegó con las bebidas, interrumpiendo sus acaloradas palabras con una de sus bromas.


—¡Pedro! ¡Qué raro verte en una de estas mesas y no junto a la barra en busca de… inspiración! —comentó burlonamente el chico, señalando con las manos a cierta camarera, mientras permanecía de pie a la espera de que su jefe le devolviera su silla.


—Ya he encontrado la inspiración que buscaba —replicó Pedro, sin apartar ni un solo instante los ojos de los de Paula—. Lo malo es que ella se niega a volver a casa conmigo —finalizó, cediéndole finalmente la silla a Luis.


—Entonces, ¿qué piensas hacer, amigo? —curioseó Luis, golpeándole amistoso la espalda.


—Hacer que cambie de opinión —sonrió Pedro, malicioso, mientras se dirigía a su apartado lugar junto a la barra, desde donde no dejaba de observar a la feliz pareja, esperando el momento adecuado para recuperar a su musa, que tan ligeramente había escapado de su lado.




martes, 1 de enero de 2019

CAPITULO 46




Pedro intentaba olvidarse una vez más de la mujer que había invadido su casa y que tanto lo tentaba últimamente. Todas las noches la llevaba a su cama porque no podía dormir tranquilo sin saber que ella estaba abrigada en su cálido lecho. Y como él se negaba en redondo a volver a dormir en aquel molesto e incómodo sofá, esperaba a que Paula estuviera profundamente dormida para cogerla en brazos y meterla entre sus sábanas.


Cuando la trasladaba desde el minúsculo sofá, apretada contra a su pecho, ella suspiraba medio dormida y se apoyaba amorosamente en él, pronunciando su nombre.


Eso lo complacía a la vez que lo preocupaba, porque este hecho sólo demostraba que había comenzado a sentir algo por él.


Normalmente ése sería el momento perfecto para alejarse, ya que él no era el hombre adecuado para ninguna relación, pero esa vez no podía hacerlo, porque por culpa del maldito libro, ella lo perseguiría allá donde fuese.


Tenerla siempre en su mente y no poder olvidarse de su presencia ni un solo instante lo asustaba, por eso había intentado poner distancia, tanto alejándose de ella como finalizando lo más rápidamente posible aquella novela que lo atormentaba en todo momento. 


Pero cada palabra que escribía, cada frase que terminaba, cada página que acababa, era inspirada únicamente por Paula.


Quién podía imaginarse que encontraría a su musa en una mujer que tanto lo alteraba. Cada vez que se sentía demasiado tentado de volver a tocarla, de hundirse una vez más en su dulce cuerpo que tan fácilmente caía ante el engaño de sus palabras, se iba de su casa, huía de su cercanía e intentaba olvidarla coqueteando con otra mujer, algo que luego no ocurría, porque llevaba el nombre de ella grabado en su mente y tan sólo pensar en acostarse con otra para olvidar su rostro lo dejaba frío e inútilmente vacío. Así que, al final, se limitaba a sentarse a la barra de la vieja taberna a beberse sus penas y a intentar comportarse como el caballero que nunca sería, alejando de sí a una mujer que podía llegar a amarlo y quedar terriblemente decepcionada cuando descubriera que no era uno de esos hombres que se enamoran y traen consigo un bonito final de cuento de hadas.


Pedro se bebió su tercera cerveza mientras le echaba una nueva ojeada a la delantera de aquella insinuante pelirroja que en alguna ocasión anterior lo había animado mucho, pero que en esos instantes lo dejaba indiferente ante la perspectiva de una nueva conquista.


Y miró una vez más el fondo de su vacía jarra de cerveza, preguntándose si ya sería hora de volver a su casa o aún podía embotar un poco más sus sentidos antes de enfrentarse de nuevo a la inocente joven que lo incitaba a comportarse como un canalla.


Lo más probable era que Paula estuviera aburrida en su solitario hogar y que se hubiera decantado por acabar con su hastío con uno de los libros de su estantería, o manipulando de nuevo su coche, que, sin duda, nunca volvería a brillar con el mismo esplendor después de haber pasado por las manos de ella.


Se levantó, dispuesto a marcharse y a pasar algún tiempo encerrado en su estudio para trabajar, cuando vio asombrado cómo una belleza de pelo castaño acompañaba a Luis hacia una de las mesas más alejadas de la barra, donde, de vez en cuando, las parejas buscaban algo de intimidad.


Pedro se deleitó viendo cómo la pequeña y exquisita mujer se despojaba de su abrigo dejando al descubierto unos ceñidos pantalones negros que deberían estar prohibidos y una grácil figura que, aunque no estaba tan bien dotada como la de May, era digna de admiración. Cuando los parroquianos habituales vieron el ceñido jersey blanco que llevaba y que dejaba expuestos unos bellos hombros y un delicioso y tentador cuello, más de uno silbó admirando la hermosura de la dama.


Y en el momento en que Pedro cayó en la cuenta de que sus curvas eran muy conocidas para él, ya que estaban grabadas a fuego en su mente, se enfureció olvidándose por completo de sus buenas intenciones y de lo de ser un caballero, porque sin haber visto aún su rostro, ya sabía a quién pertenecía aquel impertinente trasero que se bamboleaba sensualmente sobre unas altas botas con un pecaminoso tacón de aguja, dirigiéndose hacia las oscuras mesas que solían compartir las parejas, algo que en esta ocasión sólo ocurriría por encima de su cadáver.