sábado, 5 de enero de 2019

CAPITULO 59




Por primera vez en mi vida no tuve prisa por alejarme de una mujer y soltarle el típico «ya te llamaré», cuando en verdad nunca volvería a pensar en ella. Aunque lo cierto es que tampoco podría deshacerme tan fácilmente de aquella mujer en concreto que había decidido invadir mi vida, si no para siempre, sí al menos hasta que acabara la novela.


Abracé a Paula con fuerza, acercándola a mí, y por miedo a despertarla de su apacible sueño, aguanté hasta el final aquella melosa película que detestaba. En mi mente no cabía la idea de que existiera un hombre tan estúpido como el protagonista, al que no le importaba hacer el idiota cuantas veces fuera necesario para recuperar a su amada.


¿Qué tenía de especial enamorarse si luego lo pasabas tan mal como aquel estúpido que ahora sonreía falsamente a la pantalla?


Me extrañaron las palabras con las que mi amigo Esteban me había reprendido sobre el amor. Al principio creía que sólo estaba repitiendo alguno de los guiones baratos que tenía que memorizar, pero tras percibir la seriedad que había tras ellas no tuve dudas de su sinceridad.


Esteban, que no paraba de bromear sobre las mujeres y todo lo que las rodeaba, se había llegado a enamorar, y por lo visto aún no había aprendido la lección, porque a pesar de haber salido dañado por ese necio sentimiento, todavía se lamentaba de no estar junto a ella.


Definitivamente, algunos hombres eran estúpidos.


Por lo que había podido descubrir de la mente femenina mientras escribía todas esas fantasiosas novelas de amor, las mujeres siempre pedían algo absurdo, algo que te dejaba en ridículo o algo que, sencillamente, era imposible de lograr. Por eso yo me negaba a rendirme a ese incoherente sentimiento en el que todos al final caían.


¿Qué tenía de especial pasar toda mi vida junto a una persona y compartir todas mis quejas, dudas y sentimientos con ella? Sin duda, la soledad era mucho más cómoda y no te hacía ningún reproche por ninguna de tus manías.


En mi vida ya había tenido más que suficiente conviviendo con cinco hermanas que no paraban de gritarme sus lamentaciones y recriminarme mis defectos… ¡Ni loco volvería a repetir esa pesadilla! Para mí, compartir uno de los cajones de la cómoda ya era demasiado, y no digamos una relación completa: era algo impensable. Simplemente, no me veía compartiendo mi día a día con nadie, cuando todos me estorbaban. Yo amaba la soledad y la paz de mi encierro.


En cuanto al sexo… eso era otra cuestión. Un hombre como yo, que no carecía de dinero ni atractivo, podía conseguir a quien quisiera y cuando quisiera. Para mi desgracia, mi entrepierna se había encaprichado de aquella delicada mujer que tenía entre los brazos y que, a pesar de no ser nada especial, no podía borrar de mi mente. Y eso, definitivamente, se estaba convirtiendo en un problema, porque empezaba a sentir alguno de esos ñoños síntomas de lo que se conocía como «amor».


El primero, sin duda, eran esos celos irracionales que sentía cuando veía a otro hombre intentando conquistar lo que consideraba de mi propiedad. Nunca me había importado desechar rápidamente los encantos de una mujer cuando otro se interesaba por ella y le prometía ese «para siempre» que todas esperaban. Sin embargo, con Paula todo era distinto: me negaba a apartarme de su lado a pesar de no poder decirle lo que quería escuchar de mis labios. No podía mentirle a alguien como ella, porque simplemente no se merecía a un canalla como yo, y, pese a saberlo, Paula seguía cayendo en mis brazos y yo seguía intentando disfrutar del placer de tenerla entre ellos.


Cuando noté que empezaba a sentir el frío de la estancia, a pesar de tenerla abrazada, y ya pasaban lentamente ante mis ojos los créditos del final de la insustancial película que había mirado unos momentos, decidí trasladarla a un sitio más acogedor que la áspera alfombra que teníamos debajo.


Así que la levanté con cuidado, sin percatarme de que ese gesto era uno de los primeros que esos idiotas enamorados hacían, y la llevé hasta mi cálida habitación, donde ella siempre sería bienvenida. Mientras la acogía contra mi cuerpo, susurró mi nombre y se acurrucó amorosamente contra mi pecho. En mi rostro apareció una sonrisa llena de satisfacción al ver que pensaba en mí tanto como yo en ella.


Cuando levanté la cabeza para proseguir mi camino, vi a mi amigo con una burlona sonrisa en los labios, observando atentamente la empalagosa escena que yo estaba representando. La mía no tardó en desaparecer cuando de nuevo me sermoneó, intentando hacerme reflexionar sobre algo en lo que yo simplemente me negaba a pensar.


—¿Y aún te atreves a decir que no sientes algo por ella?


Ignorando sus palabras, y tras asegurarme de que la desnudez de Paula permanecía oculta bajo el holgado jersey, pasé a su lado. Y sin decir nada me encerré en mi habitación, acogiendo entre mis sábanas a la musa que siempre volvía loca mi racional mente y que me incitaba a hacer los gestos más estúpidos, que había jurado no llevar a cabo nunca.


—¿Qué estás haciendo conmigo? —le susurré al oído, para luego terminar compartiendo de nuevo la cama con ella y olvidar así a mi impertinente amigo, que siempre me fastidiaba. Y que ahora había encontrado una nueva razón para meterse conmigo: la remota posibilidad de que lo que yo sintiera por Paula pudiera ser
amor, algo que cualquiera que me conociera habría descartado rápidamente, porque, como todos sabían, yo no tenía corazón.





CAPITULO 58




Mientras miraba emocionada la maravillosa historia de amor en la que los protagonistas conseguían hacer todos sus sueños realidad, Pedro entró silenciosamente en el estudio y se sentó detrás de mí en el suelo enmoquetado, donde yo había decidido acomodarme para ver aquellas hermosas escenas. Me acogió entre sus brazos, abrazándome con ternura, y yo me pregunté qué le sucedía para que me mostrara sus sentimientos de una forma tan abierta, cuando en general apenas los revelaba.


—¿Qué tiene esa película de especial para que te guste tanto? —quiso saber, esperando atentamente mi respuesta.


—Es bonito ver una historia donde el amor lo consigue todo —respondí sin apartar los ojos de la pantalla, donde la pareja ahora se confesaba sus más profundos sentimientos.


—¿Eso es lo que quieres? ¿Que alguien te dedique embaucadoras palabras para llevarte a la cama? —preguntó cínicamente, sin ver en la pantalla lo mismo que yo estaba viendo.


—No, quiero que alguien me ame tanto que ese sentimiento lo lleve a hacer ese tipo de locuras y a pronunciar las palabras que demuestren su amor —dije, mirando sus profundos ojos castaños e ignorando las apasionadas palabras que los amantes se dedicaban en ese momento.


—¿Y si la persona de la que te enamoras no puede hacer lo que tú deseas? — preguntó él, confuso, mirándome a los ojos con determinación.


—Tendrá que demostrarme, a su manera, que me ama —declaré, sin poder resistirme más a sus palabras, que constituían toda una confesión en sí misma. Y acariciándole la cara con una mano, lo guie hacia mis labios, que habían añorado cada uno de sus besos.


Pedro me acogió firmemente entre sus brazos y devoró mi boca como si fuera nuestro último beso. No permitió que me moviera del encierro de su cuerpo e hizo que mis manos se alzaran, sujetando su cabeza, mientras él me acariciaba, tras levantar el ancho jersey, bajo el que él sabía que me hallaba desnuda.


Acarició mis pechos con adoración, obteniendo algún que otro gemido de placer de mi parte cuando sus hábiles dedos jugaron con los enhiestos pezones, con suaves roces mezclados con algún que otro leve pellizco que me producía un tortuoso placer.


Mientras me deshacía en sus brazos, Pedro no tardó en quitarme el jersey. Y después, a la vez que con una mano continuaba con las caricias sobre mis senos, bajó la otra atrevidamente por mi cintura hasta llegar al borde de mis pantalones, que abrió lentamente y, ante mi asombrada mirada, introdujo su ruda mano dentro de mi tanga, descubriendo que mi húmedo sexo lo reclamaba tras el simple roce de nuestros labios.


Trazó un camino de dulces besos a lo largo de mi cuello, mientras yo me dejaba llevar por sus caricias, enlazando las manos detrás de su nuca y gozando ante el placer que mi cuerpo exigía y que sabía que Pedro nunca podría negarme.


Cuando metió uno de sus juguetones dedos en mi interior, gemí extasiada. Y en el momento en el que su mano comenzó a rozar mi clítoris al tiempo que invadía mi cuerpo, me retorcí entre sus brazos, reclamando sus caricias.


De repente, cuando estaba muy cerca de alcanzar la cúspide de mi placer, hizo que me moviera y, mientras hacía que me apoyase sobre los codos y las rodillas, me despojó del resto de la ropa, que estorbaba a sus propósitos.


Desnuda e indefensa ante sus caricias, comenzó a besarme la nuca y a descender lentamente, trazando un camino de delicados besos hasta llegar a mi trasero, que acarició sensualmente, mientras la otra mano me rozaba el clítoris, haciendo que yo me moviera desesperada buscando el placer que tanto necesitaba.


Mientras, noté como Pedro retenía mis caderas, para, con una arrolladora embestida, introducirse en mi interior haciéndome gritar su nombre una y otra vez, al tiempo que se movía sin piedad dentro de mí, concediéndome todo lo que deseaba.


Mis senos rozaron la moqueta cuando me empujó hacia abajo, haciendo que mi rostro descansara contra el suelo, y cada uno de sus fuertes embates sólo conseguía que ese roce aumentara mi placer.


Una de sus traviesas manos continuó acariciando la parte más sensible de mi cuerpo, mientras la otra sujetaba mis caderas, hasta que finalmente no pude más y llegué al éxtasis mordiéndome los puños para no gritar demasiado, haciéndoles saber a todos el delirante placer que podía hallar en los brazos de ese hombre.


Cuando me derrumbé sobre el suelo, extasiada, creí que había acabado conmigo, pero al darme la vuelta y enfrentarme a su maliciosa sonrisa y a su erecto miembro, supe que tan sólo había comenzado.


Acariciando mi cuerpo sólo con el suave y cálido aliento de su boca, y el delicado roce de sus labios, me hizo estremecer y desearlo de nuevo en mi interior. Cuando su experta lengua prosiguió con las caricias, temblé de placer. Pero cuando rozó mi sensible clítoris sin piedad, me convulsioné desesperada ante un nuevo orgasmo. Y antes de que éste finalizara, Pedro invadió nuevamente mi cuerpo, penetrando en mí de una ruda embestida que me hizo retorcerme de placer, hasta que aumentó el ritmo de sus acometidas y se convulsionó contra mí, guiándome hacia un nuevo éxtasis en el que esta vez él me acompañó.


Cansados y saciados, Pedro cubrió mi desnudez con el abrigado jersey y me retuvo contra su cálido cuerpo, del que no se había molestado en retirar ninguna prenda.


Y de esta manera, los dos tumbados en el suelo, abrazados, al fin le prestamos atención a la película romántica que yo deseaba volver a ver. 


Y miramos esa comedia cada cual con pensamientos distintos, ya que yo quería que algo como aquello sucediera en mi vida, mientras que Pedro sólo pensaba que él nunca sería tan estúpido como el protagonista. O por lo menos eso fue lo que me susurró al oído, antes de que yo cediera al cansancio y me quedara dormida entre sus brazos, que en esos momentos me mostraban más cariño de lo que lo hacían sus rudas palabras en el día a día, palabras que aún no sabían lo que era el amor.


—Tal vez, cuando te enamores, ya no te parezca tan estúpido —susurré, sin saber siquiera si Pedro me habría oído, antes de dejarme llevar por un plácido sueño en el que todos mis deseos se cumplían y aquel hombre no tenía ningún reparo en confesarme sus sentimientos.




viernes, 4 de enero de 2019

CAPITULO 57




—Creo que le gusto más en mis películas que en persona —se rio Esteban ante la sorprendente novedad de que sus encantos hubieran fallado con una de sus admiradoras.


—Sí, eso le pasa también con mis libros: no te imaginas cuánto adora a Miss Dorothy y cuánto detesta a Pedro Alfonso.


—Sabe que sois la misma persona, ¿verdad? —se burló Esteban ante aquella contradictoria mujer.


—Sí, y aun así nos separa. Dice que yo sólo soy un bruto, pero que en el fondo oculto a ese escritor al que ella ama.


—¡Vaya! Parece que esa chica te conoce mejor que nadie… Y la pregunta clave, amigo mío, es: ¿a ésta también la vas a dejar marchar? —quiso saber Esteban, preocupado por los verdaderos sentimientos de su solitario amigo.


—Esteban, ella quiere amor. Quiere ese estúpido cuento de las novelas románticas que tanto adora, y yo no puedo dárselo. Está mejor lejos de mí. En cuanto el libro esté terminado, la dejaré marchar.


—¿No puedes darle ese amor que ella busca, o más bien no quieres dárselo? — preguntó Esteban, profundizando en lo que por una vez su amigo comenzaba a sentir por una mujer.


—Eso no es de tu incumbencia —cortó Pedro secamente, intentando acallar a su amigo, que se acercaba demasiado a la verdad.


—Ya veo… calladito estoy más guapo, ¿verdad? Porque con mis impertinentes preguntas, que tú no te atreverías a hacerte, te hago reflexionar sobre lo que empiezas a sentir por esa chica. Ella ha conseguido de ti lo que no hemos obtenido otros en años: que salgas de este recóndito lugar y vuelvas a escribir. ¿Y aún te preguntas si Paula es especial? Amigo mío, más vale que te des cuenta de lo que tienes antes de que lo pierdas. Te lo digo por experiencia... —comentó Esteban, recordando un gran amor perdido de su pasado—. Cuando esa chica especial desaparezca de tu vida, sólo te quedará un gran vacío y una falsa sonrisa para aparentar que todo va bien y que nunca ha ocurrido nada. Y Pedro, tú no sabes sonreír. Mucho menos aparentar que lo haces... —finalizó Esteban, saliendo al exterior para quedarse a solas con los dolorosos recuerdos de lo estúpido que había sido en el pasado, y deseando que su amigo no cometiera los mismos errores que tanto lo atormentaban a él.




CAPITULO 56




Paula se demoró un poco en la cocina, pensando cuál de los dos hombres que admiraba era más decepcionante: si el escritor, cuyas palabras sobre el papel eran extremadamente conmovedoras, pero que nunca saldrían de sus labios, o el actor, que parecía tan serio y sincero ante las cámaras, pero que, con toda seguridad, era un mujeriego de la misma calaña que su amigo.


Indudablemente, los dos se comportaban como niños pequeños, haciéndose fastidiosas jugarretas y compitiendo para ver cuál de ellos llamaba más su atención.


Porque, en serio, ¿suponían que ella no se había dado cuenta de las miradas retadoras que se lanzaban a cada instante o de la satisfacción que surgía en sus rostros cuando le dedicaba algún halago a uno de ellos, haciéndolo creerse superior al otro?


Sin duda, Paula contaría los días que quedaban para que la inesperada visita desapareciera y Pedro dejara de atosigarla con sus infundados celos.


A pesar de que él declarara no sentir nada por ella, sus celos aparecían con toda claridad cada vez que Paula miraba a Esteban más de la cuenta o ensalzaba su gran trabajo. La verdad era que se estaba divirtiendo de lo lindo observando el irracional comportamiento del irascible escritor ante las alabanzas que ella le dedicaba a su amigo. Tal vez Paula nunca pudiese conseguir que Pedro confesara lo que sentía por ella, pero sí podía ver muy de cerca las reacciones que demostraban cuánto le importaba.


Tras llenar un gran bol de palomitas, se dirigió al salón, donde los dos hombres ya habían tomado posiciones: cada uno en un extremo del sofá, indicando que ella debía colocarse en el medio. Ambos le dedicaron una ladina sonrisa, mientras le señalaban diligentemente su sitio.


Paula no sabía lo que tenían en mente, pero por su parte vería una película y nada más. Después de que se sentara en medio de los dos atractivos amigos, Esteban dio comienzo a la película y ella disfrutó como nunca viendo aquella comedia que tanto le gustaba e ignorando por completo a los idiotas que, a su lado, comenzaban a dedicarse insultantes gestos.


Paula fue paciente y no hizo caso de ninguna de sus estúpidas niñerías, tales como tirarse palomitas, dirigirse desafiantes y retadoras miradas o silenciosas amenazas que no llevaban a nada. Pero su paciencia tenía un límite y éste fue rebasado cuando cada uno de esos machos en celo comenzó a intentar llamar su atención con estúpidos gestos propios de adolescentes, como soplarle en la oreja, colocarle el brazo por encima de los hombros con gestos disimulados o intentar rozarle los pechos cuando cogían palomitas que simplemente desperdiciaban.


Saltó muy indignada, porque ella sólo quería ver una película que indudablemente disfrutaría mucho más sin la compañía de esos hombres, que, aunque los admiraba como las estrellas que eran en sus respectivas profesiones, en los demás aspectos eran unos auténticos cretinos.


—¡No sé qué narices pensáis que estáis haciendo, pero yo quiero ver la película tranquilamente! —los reprendió severa, arrebatándole bruscamente el mando a distancia a Esteban y, sacando el DVD del reproductor, se apoderó de él—. ¡Me voy a disfrutar de esta comedia y os dejo a solas! ¡Así podréis meteros mano entre vosotros y dejar de utilizarme como excusa en vuestras estúpidas riñas! —zanjó Paula, quitándole el bol de palomitas a Pedro y yendo hacia el estudio de éste, donde se encerraría para disfrutar finalmente de un poco de la paz y tranquilidad que deseaba.


CAPITULO 55




Cuando acabó el almuerzo, Pedro intentó arrastrar a su musa con él hacia el solitario estudio, donde no serían interrumpidos por las sandeces de su amigo. Pero Esteban fue más rápido y sacó de su pequeña maleta la película que en esos momentos Paula consideraba un pequeño tesoro.


—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Es Sonríe, mi amor, tu última película! —gritó emocionada y dando pequeños saltos alrededor de su ídolo, que miraba a Pedro con una radiante sonrisa, declarándose vencedor.


—Si quieres, tú puedes ir a trabajar. Ya sé cuánto te molestan este tipo de películas, Pedro. Y en compañía de Paula dudo que yo pueda aburrirme — declaró Esteban con una pícara sonrisa, mientras movía tentador la película frente a los ojos de su fervorosa fan.


Pedro pensaba que las palabras de Esteban habrían sido otras de no ser por la presencia de Paula, ya que cada vez que su molesto amigo interrumpía su merecido descanso, lo obligaba a ver decenas de veces sus películas, hasta que ambos acababan casi enfermos por tanta estupidez romántica. Puesto que Esteban opinaba lo mismo que él sobre el amor, cada vez que los protagonistas salían en la pantalla, ambos se dedicaban a tirarles palomitas sin dejar de gritarles a viva voz que el amor no existía.


—¡No, sin mi musa no puedo crear nada! —declaró implacable, intentando arrastrar a Paula hacia el encierro de su estudio.


—Por favor... —suplicó ella, mirándolo con esos hermosos ojos violeta, ante los que no podía negarle nada.


—Entonces ve a preparar palomitas... Me niego a ver ese bodrio sin tener nada que llevarme a la boca… —ordenó Pedro, dejándola libre de su principal obligación, que no era otra que él mismo.


—Pero tú no tienes por qué verla con nosotros si no quieres. Viendo el espantapájaros que cuelga de tu ventana, imagino cuánto te desagradan sus películas. Aunque, siendo tu amigo, no lo comprendo… —comentó Paula un poco confusa, rechazando su compañía.


—¡Ah, preciosa! Eso sólo es una broma entre nosotros —explicó alegremente el actor, levantándose del sofá en el que se había acomodado, para acercarle a Paula las fotos de las bromas que ambos se gastaban—. Mira: éste es el lugar que ocupan sus libros en mi casa —dijo Esteban, a la vez que le mostraba una foto en su moderno móvil de última generación.


En ella se podía ver un viejo sillón que apenas se mantenía en pie, equilibrado con los adorables libros de Miss Dorothy. Al mirar el resto del moderno mobiliario que decoraba la casa del famoso actor, Paula no tuvo dudas de que había guardado ese vetusto mueble únicamente con la intención de bromear con las obras de ese maravilloso escritor que podía llegar a ser en ocasiones Pedro Alfonso.


Igual que no le gustó la pesada broma de Pedro con las películas de Esteban James, que le encantaban, la irritó mucho que el actor despreciara así los libros que tanto le gustaban.


—¿Cómo puedes hacer eso con las novelas de Miss Dorothy? —preguntó muy enfadada. Luego apartó aquella insultante imagen de su vista y se dirigió a la cocina, pensando que ya sabía por qué aquellos dos hombres eran amigos: sin duda alguna, ambos estaban completamente chiflados.


Pedro pasó junto a Esteban esbozando una amplia sonrisa de satisfacción, porque Paula lo admirara a él más que al actor. Después ocupó un sitio privilegiado en el sofá, ya que no estaba dispuesto a dejar ni por un segundo a la mujer que tanto lo alteraba cerca de los encantos de su embaucador amigo. Paula era sólo suya. Si no para siempre, ya que Pedro no creía en los finales felices, sí al menos hasta que completara la endiablada novela.




jueves, 3 de enero de 2019

CAPITULO 54





Cuando Paula salió de la habitación, dispuesta a sorprender a Esteban con sus habilidades culinarias, encontró a Pedro a cargo de la cocina. El temperamental escritor no cesaba de gruñirle a su amigo alguna que otra protesta por lo mal que llevaba a cabo su función de ayudante. Esteban, sin hacerle ningún caso, cortaba lentamente las verduras que Pedro había decidido añadir al pollo que freía en una enorme sartén con algunas especias, un plato que, en definitiva, la hacía desear que cocinara más a menudo.


—Que tú seas un as en la cocina no significa que yo lo haga tan mal —se quejó penosamente Esteban, mientras seguía cortando pimientos lo más rápido que podía.


—Sí, significa justo eso... —respondió Pedro con brusquedad, apartándolo y cortando él rápidamente las verduras, antes de unirlas al sazonado pollo, que olía maravillosamente bien.


—¡Eh! ¡Que yo no tengo la culpa de no haber tenido hermanas que me enseñaran a cocinar!


—¿Enseñarme? —se indignó Pedro, fulminándolo con la mirada—. ¡Me obligaron a aprender para servirles como esclavo!


—¿Tienes hermanas? —intervino Paula en ese momento, interrumpiéndolos, muy interesada al descubrir otra de las caras ocultas de aquel hombre que la intrigaba.


—Pedro tiene la inmensa suerte de contar con cinco preciosas hermanas mayores. No como yo, que soy un lamentable hijo único... —dramatizó el actor, sentándose en uno de los taburetes de la cocina e invitándola a acompañarlos.


—¡Suerte! —suspiró Pedro despectivo—. ¡Di más bien maldición! ¡Esas mujeres son unas brujas que no cesan de entrometerse en mi vida! ¿Por qué narices crees que estoy escondido en este recóndito lugar?


—Yo nunca huiría de unas hermosas señoritas como tus hermanas, más bien las convencería con algunas de mis palabras —contestó el actor, mientras besaba galante la mano de Paula, como todo un caballero.


Pedro se puso rígido ante la escena que se desarrollaba delante de él e incluso estuvo a punto de quemarse, por lo que exigió con brusquedad la ayuda de aquella mujer que lo afectaba tanto que hasta hacía que se olvidara de lo que estaba haciendo en esos momentos.


—¡Paula! ¡Ayúdame con la comida! ¡Que yo sepa, esto es algo que deberías estar haciendo tú! —rugió furioso, mientras le ordenaba que preparase una ensalada.


—¡Sí, Miss Dorothy! —bromeó ella, ejecutando un impecable saludo militar y corriendo a ocupar su lugar en la cocina.


—¡Ah! Veo que sabes quién es Pedro. No creía que fuese capaz de decírselo nunca a una chica. Es un secreto que mantiene bien guardado, después de que aquella nefasta arpía intentase chantajearlo —comentó Esteban, revelando sin darse cuenta parte del pasado del famoso escritor, que éste ocultaba a todo el mundo.


—Paula es de la editorial, o al menos la ha contratado esa persistente bruja que no me deja ni a sol ni a sombra —informó Pedro, cortando de golpe las confesiones de su amigo sobre su vida privada.


—¿Qué hiciste cuando esa mujer te chantajeó? —preguntó Paula, un poco avergonzada, ya que ella había hecho lo mismo, aunque sus motivos en esos momentos le parecieron menos egoístas.


—Le dije que contara lo que le diera la gana. Después de todo, nadie la iba a creer... —contestó Pedro tranquilamente, mientras seguía cocinando.


—Eso es verdad. Hay que admitir que Natalie Wilson ha hecho un trabajo tan estupendo, que si no conociera tu forma de escribir desde hace años creería que Miss Dorothy existe —apuntó alegremente Esteban, picoteando de la ensalada—. Y la foto de la ancianita es tan espléndida y adorable que nos llega a todos al alma.


—Sí, lo sé —sonrió Pedro con melancolía, haciendo pensar a Paula que esa foto no había sido escogida al azar.


—¿Quién es la mujer que sale en tus libros? —preguntó muy interesada en la respuesta.


—Era Ines Callaghan, mi abuela escocesa y os puedo asegurar que nunca fue una adorable ancianita. Tenía un temperamento endemoniado, pero mi abuelo la adoraba. Murió años antes de que yo llegara a publicar el primero de esos ñoños libros. Cuando la editorial decidió poner alguna estúpida foto en la contraportada, en vez de dejarla en blanco como yo les dije en su momento, les envié la foto de mi abuela que más le gustaba a mi abuelo. Me negué a cambiarla, aunque ellos deseaban una foto moderna y en color. —Tras unos segundos de reflexión, Pedro continuó—: A pesar de lo poco que me agradan algunas de esas estúpidas historias de amor, siempre me alegra ver la foto de mi abuela en los libros.


Paula se quedó sin palabras ante su confesión, y sus tiernas palabras le recordaron por qué se había enamorado de un hombre como él. 


Aunque eso tal vez llegara a ser su perdición, se trataba de algo que simplemente no podía evitar.


—Bueno, ¡basta de sentimentalismos! —concluyó Pedro, sirviendo el almuerzo y
poniendo fin a esos escasos momentos en los que permitía a los demás vislumbrar un poco más de sí mismo.