viernes, 11 de enero de 2019

CAPITULO 76



El puesto asignado a Pedro Alfonso era una pequeña carpa que se encontraba junto a una exposición de vacas peludas, unos animales típicos de las Highlands, de grandes cuernos y largo pelaje, que en nada se parecían a las vacas que Paula había visto en las excursiones que su colegio de Brooklyn organizaba en alguna que otra ocasión.


El puesto que se hallaba a su derecha era una cervecería donde servían distintos tipos de bebidas artesanas, ofreciendo muestras gratuitas a todo el que quisiera deleitarse con la cerveza de las Tierras Altas de Escocia, aunque normalmente los extranjeros la engullían de un solo trago, sin molestarse en paladear los distintos y refrescantes sabores que en ella se podían encontrar.


El ceño fruncido de Pedro al ver su puesto, reveló todo lo que pensaba del organizador del festejo y de su editor en esos momentos. Y más aún cuando una vaca comenzó a vaciar el contenido de su estómago muy cerca del montón de libros que Pedro apilaba contra la mesa. Por supuesto, para agravar la situación siempre estaba el típico listillo que cuando veía una gracia la tenía que señalar.


—¡Mira esa vaca! ¡Ya te ha dicho lo que opina 
de tus libros! —se rio un joven algo bebido, señalando al furioso escritor.


Por suerte, Pedro se contuvo, tomó aire y tan sólo apretó con fuerza los puños antes de tomar asiento. Luego adoptó una airada expresión, lo que no animó a nadie a acercarse a su tenderete, dado que todos los asistentes sólo buscaban momentos de diversión y algo de entretenimiento con los que relajarse y disfrutar de aquel singular festejo que se realizaba una vez al año en diferentes lugares de las Highlands.


Después de un rápido almuerzo con las muestras de las típicas comidas escocesas que el organizador les brindó, sin duda para intentar calmar al temperamental escritor y borrar su molesto ceño fruncido, que tanto destacaba en medio de aquel jolgorio, algunos turistas se acercaron a Pedro y se interesaron por sus libros. Él les explicaba encantado la trama de uno de ellos a un grupo de personas, cuando el molesto y embriagado joven que antes lo había insultado, pasó de nuevo por allí, sólo para provocarlo.


—¡Tus libros apestan! —dijo el borrachuzo, refiriéndose a la situación anterior, ya que Pedro dudaba que ese joven hubiera tenido alguna vez un libro entre las manos.


Él lo ignoró y reanudó sus explicaciones, molesto por la persistencia de aquel idiota. Por desgracia, el muchacho siguió insistiendo y acabó espantando a casi todos los curiosos que se habían reunido junto al novedoso escritor de las Highlands.


A lo largo de la tarde, el joven volvió a aparecer una decena de veces, repitiendo siempre la misma estúpida frase y por último, cuando volvió a presentarse frente a Pedro, ataviado con un kilt e intentando hacerle un estúpido bailecito que en nada se parecía a los bailes escoceses, Pedro no pudo más, y su característico mal carácter, que hasta entonces había logrado contener, salió a relucir cuando el joven, al repetir una y otra vez aquella necia frase, acabó con toda su paciencia.


Ante el asombro de Paula y del organizador del evento, que en esos momentos charlaba con ella sobre los juegos que se celebrarían en breve, Pedro abrió la extraña bolsa de lona por la que Paula había sentido tanta curiosidad y sacó un pelota antiestrés, que arrojó al molesto chaval dándole en mitad de la frente y haciendo que perdiera el equilibrio en mitad de su bailecito, cayéndose de culo en el frío césped. 


Sin saber cómo había acabado allí, el joven se incorporó y vio junto a él la pelota antiestrés que había sido utilizada como arma arrojadiza. Se apoderó rápidamente de ella y, señalando algo molesto a Pedro, declaró:
—¡Volveré!


Ante esa amenaza, él simplemente se carcajeó y le enseñó la bolsa de lona, que contenía una montaña de esas pelotas.


—¡Estaré preparado! —contestó, sonriendo con malicia.


Tras esta brusca y temperamental acción, Paula lo reprendió, convencida de que los echarían del evento.


—Creo que no es así como se utilizan esos artefactos —comentó cruzando los brazos, enfadada por el grosero comportamiento de Pedro.


—¿Y qué quieres? No sé de qué otra forma utilizar estos estúpidos regalos que siempre me hacen mis hermanas y, además, en esta ocasión ha funcionado. Ha acabado con todo mi estrés —concluyó con una gran sonrisa llena de satisfacción.


Cuando el organizador de los juegos, Ramsay Campbell, se acercó a ellos todavía algo sorprendido, Paula pensó que los obligaría a recoger sus cosas y marcharse, pero el jubiloso hombre de mediana edad que siempre parecía tener en los labios una sonrisa, se rio mientras golpeaba amigablemente la espalda de Pedro y lo invitó a participar en los juegos que iban a empezar.


Él aceptó la amable invitación, apuntándose sólo a algunos de ellos y aprovechando el resto del tiempo para promocionar su novela, que aunque no parecía tener cabida en esa feria, estaba teniendo algo de aceptación entre todos los que lo habían visto silenciar de una manera tan contundente a aquel turista grosero, algo que más de uno había tenido ganas de hacer alguna vez.


Antes de que los juegos empezaran, el joven, tal como había prometido, volvió.


Esta vez acompañado por algunos de sus amigos. Pedro se levantó bruscamente de su
silla, dispuesto a presentar batalla si hacía falta y darles a aquellos imberbes jovenzuelos una lección. Pero ellos se limitaron a mirarlo fijamente y soltar un estúpido grito de guerra, sin duda imitando alguna necia película, luego le dieron la espalda y, ante su asombro, se levantaron los kilts y le enseñaron sus relucientes y blancos traseros.


Paula se dio la vuelta, sorprendida, apartando la mirada de los atrevidos muchachos, que ahora comenzaban a entonar una canción escocesa un tanto subida de tono mientras meneaban el trasero.


Pedro se rio a carcajadas señalando a su sonrojada compañera y, sin poder evitarlo, se desternilló a su costa.


—¡Y luego me regañas por utilizar de forma inadecuada una simple pelota antiestrés! Te informaré, por si no lo sabías, que ésa tampoco es la forma adecuada de lucir un kilt. —Pedro señaló a los jóvenes, que ante el asombro de todos continuaban con su exhibición.


Cuando Ramsay llegó para notificarle a Pedro que era la hora de poner a prueba sus habilidades en algún juego, simplemente ignoró a los muchachos mientras le tendía a él un kilt y le explicaba a Paula que ninguno de los jugadores podía participar si no llevaba la adecuada indumentaria de las Highlands.


—No te preocupes… esto sí sé utilizarlo —susurró Pedro al oído de Paula con una sonrisa, antes de seguir a Ramsay hacia la pista de juegos y ver cómo los muchachos huían cobardemente ante su cercanía.


Paula, después de esto, corrió a hacerse un hueco entre la multitud para no perderse aquellos inusuales juegos de habilidad, tales como lanzamiento de troncos, en el que los participantes debían voltear sobre su eje de mayor longitud un tronquito de nada de unos siete metros de altura y ochenta kilos de peso. 


Algo que a primera vista parecía imposible, pero que muchos de aquellos aguerridos hombres lograron; otra disciplina era el lanzamiento de martillo, en la que se lanzaba una bola de metal de unos diez kilos sin moverse del sitio, o también un divertido juego en el que dos grupos
de personas tiraban de los extremos de una larga cuerda y ganaba el equipo que conseguía llevar al otro a su terreno.


Pero lo que más le gustó a Paula de todo el maravilloso espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos fue cómo le quedaba aquella especie de faldita escocesa a su atractivo escritor, al que estaba más que dispuesta a sacarle alguna que otra foto para no olvidar nunca ninguno de los divertidos momentos del viaje, intentando evitar preguntarse qué pasaría cuando éste hubiera finalizado.



CAPITULO 75



La siguiente parada obligatoria, según el desordenado itinerario elaborado por Pablo, nos obligó a Pedro y a mí a dirigirnos al noreste de Oban. Debíamos buscar una pequeña comunidad llamada Strathdon, dejada de la mano de Dios, en el extremo noreste del Parque Nacional Cairngorms, a unas cuatro horas de camino, donde, según el engañoso editor, del que ya no me creía ni una sola palabra, habían organizado una feria literaria en la que Pedro podría conseguir mucha atención para sus libros.


Aunque me levanté con algún que otro remordimiento al recordar la forma en que me había aprovechado de él la noche anterior para que me sirviera de inspiración para mi novela, mi arrepentimiento cesó cuando vi que se sentaba en el coche cediéndome las llaves con una sonrisa. Ocultó sus hermosos ojos castaños con unas caras gafas de sol y me ordenó conducir mientras él se echaba una siesta.


Como el GPS y yo definitivamente no nos llevábamos bien, tardé algo más de lo previsto en hallar el lugar de encuentro, y un viaje que según ese estúpido trasto debía haberse realizado en tres horas y cuarenta y cinco minutos, se convirtió en una odisea de cinco interminables horas, que me llevó al límite de mi paciencia. Sobre todo en el instante en que mi desesperante escritor me preguntó por enésima vez si habíamos llegado ya.


Cuando conseguí aparcar en una gran explanada destinada a ese menester, salí del
coche para tomar aire fresco y desentumecer mi agarrotado cuerpo después del extenuante viaje. 


Aunque en realidad lo único que deseaba era apartarme unos minutos del hombre que me había vuelto loca durante todo el trayecto con sus sonoros ronquidos y sus frustrantes quejas e insinuaciones cuando se despertó de su apacible sueño, algo que yo también necesitaba en esos momentos.


En el instante en que Pedro salió del coche, dirigió una mirada al bonito ambiente que nos rodeaba, con luminosas e inmensas carpas blancas llenas de distintos alimentos y bebidas típicas del lugar, todo ello expuesto sobre una espléndida extensión verde rodeada por una exuberante y hermosa naturaleza. Y como siempre hacía, Pedro me estropeó ese idílico momento con una de sus bruscas maldiciones.


—¡Será cabrón! ¡No pienso ir a ninguno más de sus viajes! ¡Y cuando vuelva, definitivamente le voy a obligar a comerse esta mierda de itinerario! —gritó bastante irritado.


Y como Pedro sólo desplegaba sus mejores encantos con las personas más cercanas a él, no tuve dudas de que estaba intentando hablar con su editor cuando sacó su móvil del bolsillo y comenzó a dejar un insultante e interminable mensaje en el buzón de voz.


No comprendí por qué lo molestaba tanto el bello entorno que nos rodeaba.


Aunque tras mirar más detenidamente el desfile de hombres tocando una singular melodía con aquellas maravillosas gaitas, uniformados con los típicos kilts de los clanes, pude observar los elaborados puestos donde se vendían diversos productos artesanales, desde ropa a comida, así como unos extraños juegos preparados en una gran pista. Llegué a la conclusión de que el terrible humor de Pedro se debía a que aquello no era en absoluto una feria literaria.


Después de que él pagara su frustración con el desastroso hombre que parecía esquivarlo, dejándole más de una decena de mensajes repletos de originales maldiciones, sacó del maletero de su coche, aún bastante furioso, una gran y pesada caja que seguramente contenía los libros que quería vender. Y como Pablo no estaba allí para que pudiera amargarle la vida, mi adorado escritor decidió pagarla conmigo,
ya que yo había tenido la brillante idea de animarlo a hacer ese viaje que por el momento sólo estaba siendo un gran desperdicio de tiempo y de dinero.


Sin una sola palabra, y tras dirigirme una de sus furiosas miradas, colocó la pesada caja en mis manos, cogió una extraña bolsa de lona, sobre la que yo me pregunté con curiosidad qué guardaría, y nos adentramos en aquel maravilloso evento al que yo aún no sabía qué nombre darle.


Justo cuando finalizaba el discurso de los organizadores, tras el armonioso desfile, empezaron a repartir muestras gratuitas de un fuerte whisky escocés, bromeando con los
turistas sobre quién sería capaz de aguantar el fuerte brebaje de las Highlands. Pedro cogió rápidamente un vaso de una de las bandejas que pasaban por su lado y tras dejarlo vacío de un trago, anunció:
—¡Bienvenida a los juegos de las Highlands!




CAPITULO 74




Observé cómo Paula intentaba ignorarnos a mí y a mi desnudez, ya que sólo llevaba una escueta toalla. Al ver que su nerviosismo aumentaba y su determinación se tambaleaba cada vez que dirigía alguna fugaz mirada a lo que se ocultaba impaciente bajo aquel trozo de tela, decidí quedarme un poco más de tiempo de esa manera, aunque ya comenzaba a sentir el frío de las Highlands.


Al morderse nerviosa el labio inferior, me hacía saber que yo no le era indiferente, y que la historia que desarrollaba en su ajada libreta apenas había avanzado desde que yo salí de la ducha y le expresé abiertamente mi deseo de estar con ella.


Aburrido de ser ignorado, comencé a cambiar los insulsos canales de la tele, ¡y sí señor, di con la programación adecuada para aumentar la tensión de ese incómodo momento! Al primer gemido de placer que emitió la exuberante morena de la pantalla,


Paula alzó la vista de su libreta y dejó caer su bolígrafo, dirigiéndome una mirada entre sorprendida y escandalizada que me hizo sonreír maliciosamente ante su respuesta a otra más de mis provocaciones.


—¿Qué pasa? Estoy viendo la tele... —dije, como si lo más normal para mí fuera ver una película pornográfica, algo que en verdad no hacía desde la adolescencia.


—¿No puedes poner otra cosa? Estoy intentando trabajar en mi novela —pidió Paula, señalando ofendida la pantalla donde en esos momentos a la pareja protagonista de la escena se les unía una atractiva rubia.


—Puede que te sirva de inspiración —contesté, sabiendo que mis palabras la enojarían, ya que los escritores nunca trabajamos de esa absurda manera que algunos piensan, sino que simplemente utilizamos nuestra imaginación a la hora de crear esas entrañables y excitantes escenas en las que nuestros protagonistas expresan sus sentimientos a través de la unión de sus cuerpos.


Ella me miró un tanto disgustada con mi infantil comportamiento y me ordenó que terminara con ello. Una sugerencia razonable, que, por supuesto, ignoré por completo.


—¡Apaga eso y ponte a trabajar! —me ordenó, señalando el portátil que había llevado conmigo para simular que aún tenía trabajo que hacer, aunque éste estuviera terminado y yo sólo pensara dedicarme a hacer el vago.


—Es mi hora de descanso, me la merezco después de este desastroso día —me quejé, pensando que ni loco volvería a aceptar hacer otro de los viajes que me organizaba Pablo.


—No ha sido para tanto: has firmado algunos ejemplares y te lo has pasado en grande hablando con los turistas a los que les gustan las novelas de intriga —me animó mi siempre optimista Paula, haciéndome recordar que en algunos momentos en efecto me había divertido.


—Vale, no ha sido tan malo como esperaba —dije, dándole la razón—. Pero pienso ver esta película, así que no me distraigas o perderé el hilo del argumento — añadí, señalándole que ahora había también una pelirroja en pantalla.


—Pero ¿eso tiene argumento? —preguntó ella y yo acallé sus protestas subiendo el volumen de los gemidos procedentes de la orgía.


En realidad, no miré ni una sola escena de la película, sino que me dediqué todo el tiempo que duró a observar cómo Paula se desconcentraba con cada grito que provenía de la pantalla o cómo daba un respingo ante las palabras obscenas que oía.


Finalmente, harta de todo, dejó su libreta a un lado y me arrebató el mando a distancia, poniendo fin a la inquietante programación que tanto la alteraba. Yo sonreí y me tumbé en la cama, viendo cómo se desarrollaba el proceso de creación de mi novata escritora: Paula mordió el bolígrafo, inquieta, mientras le daba vueltas a cómo escribir ese tipo de escenas que siempre se le escapaban. Luego pasó a golpear el boli nerviosa contra su libreta y finalmente suspiró frustrada y apoyó la espalda contra el cabecero de la cama, sentada lo más lejos posible de mí.


—¿Qué te ocurre? —pregunté, decidido a ayudarla a hallar su inspiración, como ella había hecho conmigo.


—¡No me sale! ¡No sé cómo escribir ese tipo de escenas y me avergüenzo cada vez que pienso que esto puede leerlo alguien a quien conozco! ¿Qué pensarán de mí? — confesó inocentemente, de nuevo demasiado preocupada por el qué dirán. Yo suspiré, resignado a darle uno de mis gratuitos consejos, que en ocasiones tenían algo de valor.


—Cuando escribes una historia, tú no eres Paula Chaves. Eres cada uno de tus personajes: la mujer desesperada por encontrar el amor, el hombre dubitativo, el rival celoso, el egoísta enemigo, la arpía deseosa de venganza… Y debes plasmar los sentimientos de cada uno de ellos en el papel sin importarte a quién ofendes o a quién avergüenzas, porque si no, no escribirías nada.


—Lo sé, pero aun así me cuesta trabajo escribir esta escena que no sé siquiera cómo empezar —declaró, desilusionada consigo misma.


Agarrándole repentinamente una mano, la hice caer encima de mi cuerpo. Y cuando intentó huir de nuestra cercanía, retuve sus manos entre las mías y enfrenté su decidida mirada, que me negaba el placer de su cuerpo.


Ella se irguió sobre mí y yo le hablé como nunca lo había hecho con una mujer.


Por primera vez creí que era mi corazón el que hablaba, ya que yo nunca me habría atrevido a decir ninguna de las palabras que salieron de mi boca.


—Hazme a mí lo que tu protagonista haría con su amante. Conviértete por una vez en esa atrevida mujer de tu historia y déjame ser ese hombre que sabe amar tan intensamente como cualquiera de los que aparecen en esas tórridas novelas de amor. — Tras estas palabras, le coloqué las manos sobre mi pecho, donde mi corazón latía acelerado. Sólo por ella.


Cerré los ojos esperando su rechazo y los abrí sorprendido cuando sentí en mi pecho el dulce tacto de sus manos, que comenzaron a recorrer mi cuerpo mostrándome lo que tanto ella como su protagonista más deseaban.


Sin dejar de mirarme a los ojos un solo instante, Paula se despojó del jersey y del sugerente sujetador. Yo mantuve mis manos en sus caderas, por miedo a asustarla una vez más con el apremiante deseo que me recorría cada vez que la tenía entre mis brazos.


Ella me acarició el pecho con suavidad y siguió con sus delicadas caricias por mi cuello hasta llegar a mi rostro. Las yemas de sus dedos rozaron mis párpados, mi incipiente barba y finalmente mis labios, que no pudieron resistirse a besar aquellas tentadoras manos que tanto amor me estaban demostrando.


Luego las bajó de nuevo por mi torso y se inclinó hacia mí con la promesa de un beso, algo que yo anhelaba desde que empezó a tocarme. Fue el beso más tierno que había recibido en mi vida. Sus labios, al principio, apenas tocaron los míos con su cálido aliento. Luego me mordisqueó tentativamente la boca, haciéndome desearla aún más. Tras esto, me dio delicados besos allí donde sus dientes me habían torturado y al fin recibí el beso que tanto había deseado.


Su lengua buscó la mía en un ardiente juego en el que no pude evitar apretarla contra mi cuerpo, queriendo más de lo que sus caricias me ofrecían. Cuando Paula se apartó de mí fue trazando un descendente camino de besos por todo mi cuerpo, y yo tuve que refrenarme para no colocarla debajo de mí y tomarla tan salvajemente como deseaba en esos instantes. Pero ése era su momento y yo no se lo arrebataría, así que me contuve y la dejé hacer.


No tardó mucho en apartar la toalla que me cubría y cuando sus labios tocaron mi hinchado miembro, no pude evitar gemir al imaginarme el placer que podían prodigarme. Un erótico sueño que se hizo realidad cuando Paula acogió atrevidamente mi erección entre sus manos y me introdujo en su boca haciéndome delirar de placer.


Sin poder evitarlo, le agarré con fuerza los cabellos, marcando el ritmo que más deseaba. Paula parecía dispuesta a darme todo lo que necesitaba, pero yo sólo la quería a ella, así que la aparté de mí y la despojé de sus ropas antes de alzarla sobre mi cuerpo y dejarla libre para que tomara el control del apasionado encuentro que ambos anhelábamos desde un principio.


Luego introdujo lentamente mi miembro en su interior y yo no pude resistirme a acariciar sus pechos con una mano mientras se movía despacio sobre mí, al tiempo que con la otra le acariciaba el clítoris.


Cuando Paula comenzó a aumentar el ritmo de su cabalgada, probé sus senos con mi perversa boca hasta hacerla gritar mi nombre, y fue entonces cuando agarré con fuerza sus caderas para marcar el ritmo que nos llevaría a ambos hasta la cumbre del placer. Ella se convulsionó violentamente sobre mi cuerpo gritando de nuevo mi nombre, y yo llegué al clímax gritando el suyo, casi a la vez.


Después de nuestro orgasmo, nos derrumbamos el uno en brazos del otro, y ya que Paula era lo único que deseaba en esos instantes, la estreché contra mi cuerpo mientras nos arropábamos bajo las mantas, deseando que el tiempo no pasara, porque a la mañana siguiente yo sería otra vez un hombre que no sabía amar y ella una mujer que evitaba enamorarse de la persona equivocada.



CAPITULO 73




La elección de Pedro para pasar la noche no disgustó mucho a Paula en un principio, ya que se trataba de un pequeño hostal en una casa unifamiliar de estilo victoriano que conservaba muchas de las características del edificio original. La residencia era hermosa y acogedora; aparcaron en la entrada y fueron recibidos muy amablemente por la dueña, que los llevó a su habitación.


Cuando Paula se percató de que dormirían juntos en una sola y minúscula habitación con una gran cama de matrimonio, exigió a Pedro otro cuarto para ella.


Algo que fue rápidamente rechazado por el persistente autor, que sólo quería llevársela de nuevo a la cama.


Paula intentó comenzar una discusión en la que le expondría a Pedro cada una de sus quejas y le explicaría por qué nunca en la vida volvería a acostarse con él, pero antes de que le diera tiempo a empezar su planeado discurso, él acalló sus reclamaciones con una seca frase que la hizo entrar en razón.


—Ésta es la única habitación que tiene baño propio. Si prefieres compartir uno… tú verás, pero yo no pienso pagarte la habitación —sentenció, señalándole despreocupadamente la puerta, por donde se podía marchar si ésa era su decisión.


—¡Oh, eres imposible! —cedió al fin Paula, tomando posesión del baño en primer lugar.


Cuando salió, se dedicó a ignorar a Pedro y, sentándose en un rincón de la cama con la única compañía de su libreta, comenzó a pensar nuevamente la trama de su novela, en la que los protagonistas habían decidido profundizar su relación, aunque la autora aún no sabía cómo hacerlo.


Su concentración se fue a pique en el momento en que un atractivo pelirrojo, con una toalla como única indumentaria y algunas gotitas de agua recorriendo su pecho, salió de la ducha. 


Como siempre, se sentó junto a ella para perturbarla, y sin preocuparse en absoluto de su desnudez, le arrebató la libreta para meter su curiosa nariz en la historia que Paula estaba escribiendo.


Su seriedad mientras leía su vieja libreta hizo pensar a Paula que por primera vez se tomaba la valoración de su manuscrito en serio. Luego habló y con eso le mostró lo equivocada que estaba.


—La trama parece más realista y la desarrollas bastante bien, pero las escenas de sexo siguen siendo pésimas. ¡Y yo que creía que todo lo que habíamos practicado te habría servido de inspiración! ¡En fin, qué se le va a hacer! ¡Tendremos que seguir practicando! —concluyó con picardía, tumbándose encima de ella y haciendo que notara lo emocionado que estaba ante esa perspectiva.


—¡No pienso volver a acostarme contigo, Pedro! ¡Creía que eso entre nosotros ya había quedado claro! —replicó Paula, alejándose de sus embaucadoras palabras.


—¿Cuándo? ¿En mi escritorio? ¿En el coche? ¿O en la alfombra de mi estudio? — inquirió él, recordando algunos de los lugares donde se habían rendido a un apasionado momento.


—Está muy claro que cada vez que nos acostamos lo sentimos de forma diferente y
no estoy dispuesta a ser la única idiota que acabe con el corazón roto por tu culpa. ¡Así que procura mantenerte alejado de mí!


—¿Cómo de lejos? —ironizó Pedro, señalándole la minúscula estancia.


—¡Tú en tu rincón y yo en el mío! —decretó Paula, colocando una pila de almohadas como barrera entre ellos.


—¡Dios mío! Ésta va ser una noche muy larga… —masculló él, dejándose caer sobre la cama, mientras se tapaba el rostro un tanto frustrado—. Me castigas porque me niego a decir esas palabras que toda mujer quiere oír, ¿verdad? —preguntó luego, molesto por el estúpido empecinamiento de aquella mujer.


—No, Pedro, me protejo de un hombre que nunca sabrá el significado de un «te quiero» y al que ni siquiera le importa averiguarlo —declaró Paula, volviendo a coger su vieja libreta en la que sus protagonistas, al contrario que ella, sin duda habían encontrado el amor.