viernes, 11 de enero de 2019
CAPITULO 78
Cuando Natalie se despertó junto a un hombre desnudo, tuvo dos reacciones: la primera fue pensar sobre lo que había hecho y sentirse un tanto culpable por ello, aunque su culpa se mitigó al mirar la fuerte espalda de Jeremias, que aún escondía su rostro bajo la almohada, y los arañazos que le habían dejado sus uñas de porcelana. Al recordar la apasionada e inigualable noche que había pasado junto a él, no pudo evitar esbozar una de esas estúpidas sonrisitas del día después, llena de dicha y satisfacción.
La segunda reacción, cuando vio que eran las doce del mediodía y que su despertador no había sonado, fue maldecir su suerte, que últimamente era pésima, y correr desnuda hacia su móvil para revisar los mensajes que su jefe había comenzado a dejarle desde las diez de la mañana. Para su desgracia, llegó al teléfono justo cuando éste comenzaba a sonar de nuevo, y como era una mujer de negocios responsable, no pudo evitar contestar la llamada, aunque ya sospechaba lo que se le venía encima.
—¿Sí? Al habla Natalie Wilson —contestó, simulando una voz ronca, acompañada de unas cuantas toses, para ver si colaba la vieja excusa de que estaba enferma y así tal vez librarse de uno de aquellos sermones en plural mayestático que tanto odiaba.
—Señorita Wilson, quisiéramos saber… por qué no ha acudido esta mañana a trabajar —dijo la siempre imperturbable voz de su jefe.
Natalie tomó aire, decidida a contestar lo más formalmente posible; por desgracia, el hombre desnudo que se hallaba en su cama eligió ese preciso momento para despertarse y, al darse cuenta de que ella también estaba desnuda, lo tomó como una invitación.
—Verá, señor Reed, anoche me acosté con un resfriado bastante fuerte y… — empezó Natalie entrecortadamente, mientras las manos de Jeremias la encerraban repentinamente en un cariñoso abrazo, juntando su espalda con un robusto pecho y una prominente erección, a la vez que le susurraba atrevidas palabras al oído.
—¿Así que ahora soy un resfriado? —murmuró juguetón—. Aunque no me gusten tus mentiras, he de admitir que hay algo de verdad en ellas. Sin duda, ayer había algo bastante grande en tu cama, que sigue aquí esta mañana... —apuntó alegremente su amante, haciéndole notar la evidencia de su deseo.
—Como le iba diciendo, tomé un medicamento para el resfriado y me he quedado dormida —concluyó Natalie, deshaciéndose del abrazo de aquel tentador hombre y señalándole un lugar que lo mantuviera alejado de su persona.
Desafortunadamente, lo que señaló fue la cama, y cuando una mujer desnuda hace eso, los hombres suelen malinterpretarlo, así que Jeremias se tumbó allí a la espera de una repetición de la pasada noche.
—Señorita Wilson, tenemos que hablar sobre un gasto un tanto extraño que hay en los nuevos informes de este mes. Según eso, usted ha contratado a una joven sin experiencia como… ¿relaciones públicas?… para tratar con Miss Dorothy. ¿Desde cuándo contrata a otros para hacer su trabajo, señorita Wilson?
A ella le dieron ganas de contestar: «Desde que tengo que tratar con un irritante escritor que siempre me hace la vida imposible y que en dos años no había escrito ni el título de su novela hasta que llegó Paula». Pero guardándose las ganas de decir lo que pensaba, simplemente explicó:
—Paula es una mujer muy profesional en su trabajo y, como puede ver por los primeros capítulos de la nueva novela, está consiguiendo que la inspiración vuelva a Miss Dorothy.
—Sí y también está consiguiendo elevar los gastos de nuestra autora, ya que Miss Dorothy nos está agobiando con extrañas reclamaciones: nos ha hecho llegar un abultado sobre repleto de facturas entre las que hay desde decenas de tickets de compra en diversos establecimientos, hasta cuentas de cenas en restaurantes y pubs y alguna que otra estrambótica adquisición que se señala en su factura como «uniforme», al parecer comprado en un sex-shop… Finalmente, todo esto está englobado bajo el concepto «manutención de la niñera». ¿Se puede saber qué significa, señorita Wilson? —gritó airadamente Brian Reed, ya que por lo visto él tampoco les veía ninguna gracia a las
bromas de la autora a la que representaban.
—Seguramente sólo es una broma de Miss Dorothy, señor Reed —contestó Natalie más falsamente que nunca, poniéndose la bata que había a los pies de la cama e indicándole con esto a su amante que los calenturientos momentos de la pasada noche habían finalizado y no se iban a repetir.
—Nos cuesta mucho digerir este tipo de bromas, señorita Wilson, así que a partir de mañana despejará su agenda y en una semana como mucho irá en busca de esa novela. Traerá de vuelta a su inusual empleada y de paso le comunicará a Miss Dorothy que no pensamos hacernos cargo de ninguno de sus absurdos dispendios. Mientras no tenga ese libro en sus manos, no se moleste en volver a estas oficinas. Y ahora esperamos que tenga un agradable descanso de su supuesto… resfriado —finalizó escéptico Brian Reed antes de colgar con brusquedad el teléfono, dejando caer su frío ultimátum sobre la cabeza de Natalie, que en esos momentos pendía de un hilo muy fino.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —gritó después de escuchar las exigencias de su jefe—. ¡Maldita Miss Dorothy, maldito Pedro Alfonso y malditos todos los puñeteros escritores que se creen estrellas! —exclamó airada, arrojando su móvil al suelo con rabia. En su enfado, Natalie no se percató de que los suspicaces oídos de Jeremias finalmente habían captado la verdad, hasta que, bastante enfadado, la hizo volverse hacia él y, aunque apenas llevaba una sábana como única indumentaria, su frío rostro no mostraba indicio alguno de los atrevidos coqueteos de hacía tan sólo unos segundos.
Esta vez, Jeremias no preguntó, simplemente afirmó una verdad que las maldiciones de Natalie le habían confirmado.
—Ese tal Pedro Alfonso es Miss Dorothy, ¿verdad? —exigió saber, insistiendo en que Natalie le confirmara la veracidad de esas palabras.
La mentira que a ella nunca le había costado pronunciar se le atragantó en la garganta cuando se vio obligada a repetirla de nuevo ante el hombre por el que había comenzado a sentir algo, así que permaneció en silencio.
—¡Dime la verdad de una puta vez! —reclamó un enfadado Jeremias, sujetándola con fuerza de los hombros y obligándola a enfrentarse a sus ojos, que solamente querían una respuesta.
Natalie se negó a contar el secreto que tan bien había guardado durante todos esos años, pero la dura mirada de él, preocupado por el bienestar de su hija, la llevó a hacer un pequeño asentimiento con la cabeza. Jeremias la soltó de golpe y la miró con desprecio.
—¿Sabes por qué no me gustan las mentiras, Natalie? ¡Porque siempre hacen daño a alguien! ¡Y tú me has hecho mucho daño!
Tras estas palabras, Jeremias se vistió, mientras Natalie miraba asombrada cómo sus mentiras lo estaban apartando de su lado.
Cuando él pasó junto a ella, Natalie lo miró con ojos arrepentidos.
—Traeré a Paula de vuelta… —prometió, haciendo que Jeremias le dedicara una fría mirada.
—¿Sabes qué, Natalie? Ya no me creo ni una sola de tus palabras, pero te diré una cosa: más vale que mi hija no haya sufrido ningún daño a manos de ese tipo, o todo el mundo sabrá lo mentirosa que puedes llegar a ser.
Después de esas palabras, que en nada se parecían a las dulces bromas o las tentadoras proposiciones que había recibido de él, Natalie vio cómo se alejaba sin volver la vista atrás para observar cómo la habían afectado sus amenazas. Si hubiera girado su rostro un instante, tal vez habría visto que la mujer imperturbable que siempre estaba demasiado ocupada como para preocuparse por nadie que no fuera ella, en esos momentos lloraba en silencio por haberle hecho daño al hombre que quería, y porque el destino no les había dado la oportunidad de intentar ser algo más que meros amantes de una noche, a pesar de que sus corazones reclamaran más.
CAPITULO 77
—Jeremias, me parece muy bien que me acompañes todos los días para asegurarte de que no me persigue ningún acosador, pero ¿me puedes explicar por qué una mujer tan ocupada como yo tiene que prepararte la cena? —preguntó Natalie Wilson, molesta por la persistencia de aquel sujeto que ahora, además de estropearle el coche, se atrevía a invadir su lujoso apartamento y, más concretamente, su cocina.
—Si lo prefieres, puedo prepararla yo —comentó Jeremias sentado en uno de los taburetes que había junto a la barra de la ordenada y moderna cocina de Natalie.
—¡Ni de coña vuelvo a dejarte intentarlo de nuevo! Por poco me incendias la casa, y eso que sólo tocaste el microondas para calentar la comida. ¿Por qué mejor no haces como cualquier hombre razonable y te vas a tu casa a fastidiar a tu mujer? — añadió Natalie impertinente, dispuesta a deshacerse de él, pues se estaba convirtiendo en un problema que últimamente la tentaba demasiado.
—No tengo mujer a la que fastidiar. Y la única que cuidaba de mí se halla ahora mismo a miles de kilómetros de distancia, con una tal Miss Dorothy que aún no tengo muy claro si es un hombre o una mujer. Pero eso será algo que muy pronto me aclarará su editora. Por ese motivo estoy aquí —contestó Jeremias decidido, sin dejar de observar cómo aquella elegante mujer no perdía ni una chispa de su atractivo mientras se ponía un delantal sobre sus caras ropas y removía un guiso casero como los que a él le gustaban.
—¿Se puede saber cuándo me podré deshacer de ti? ¿Cuántas veces tengo que decirte que Miss Dorothy es sólo una noble ancianita? No me extraña que tu mujer te abandonara si para todo eres igual de cabezota —dedujo erróneamente Natalie.
—Dafne no me abandonó… murió cuando Paula tenía catorce años. Y le encantaba mi cabezonería. En cuanto a cuándo dejaré de molestarte, te informo de que eso ocurrirá en el preciso instante en que te decidas a revelarme la verdad —añadió Jeremias, que después de haber observado detenidamente a Natalie era capaz de adivinar cuándo ésta mentía, ya que tenía el imprudente hábito de mirarse una y otra vez sus uñas de porcelana cuando quería engañar a alguien.
—Lo siento… no era mi intención ofenderte, tan sólo… —intentó excusarse Natalie de la brusquedad de sus palabras ante un tema tan delicado como era perder a un ser querido.
—No te disculpes. No podías saberlo —replicó él, silenciando sus labios con un dedo—. Además, ya hace mucho tiempo de aquello. —Sonrió falsamente, mostrando el dolor que aún sentía ante el recuerdo del pasado.
—¿La querías mucho? —preguntó ella, sorprendida de que un amor así existiera, porque, aunque en su trabajo leía todo el rato sobre ello, pocas veces había tenido el
privilegio de ver a un hombre verdaderamente enamorado.
—La amé con locura. Pero no soy uno de esos que creen que el amor sólo aparece una vez en esta vida. A Dafne no le gustaba pensar que cuando ella no estuviera aquí todo habría acabado para mí, así que me hizo prometerle que buscaría a otra mujer digna de mí y me casaría con ella.
—Entonces, ¿por qué estás solo? —preguntó Natalie, poniéndole un plato de su guiso delante.
—Porque aún estoy buscando a la mujer adecuada —contestó Jeremias, sin apartar su mirada de la de ella, diciéndole con los ojos más de lo que debería—. ¿Y tú? ¿Por qué estás sola? —preguntó a su vez, bastante interesado en su respuesta.
—¿Qué te hace pensar que en estos momentos no tengo ninguna relación? — preguntó la famosa editora, algo molesta por su insolente pregunta.
—Muy fácil —respondió él, después de deleitarse con el primer bocado de aquel exquisito plato—. Ningún hombre te recoge a la salida de tu trabajo y nadie me ha echado aún de tu piso. Si tienes un novio, o es muy desconsiderado o te mereces algo
mejor.
—No tengo a nadie, ¡pero no porque no pueda! —dijo Natalie, dándole a entender que no le gustaba que se inmiscuyera en su vida privada—. Sino porque no he encontrado a la persona adecuada para mí.
—¿Y qué buscas en un hombre? —quiso saber él, mostrando demasiado interés por su respuesta.
—Jeremias, definitivamente, tú no eres el tipo de hombre con el que yo saldría — se burló Natalie, intentando evitar la realidad de que él, con su ternura, su insistencia y su valentía al defenderla comenzaba a atraerla como ningún otro.
—Bueno, entonces tendremos que conformarnos con ser amigos —replicó él, besando con delicadeza la mano de Natalie como todo un caballero.
Natalie se quedó hechizada con ese gesto tan romántico, que siempre había creído que sólo se podía ver en las novelas de amor que tanto adoraba. Hasta que él alzó su mirada y, con una pícara sonrisa, le soltó la mano y dijo:
—Tienes razón, lo nuestro no funcionaría porque nunca he podido soportar las mentiras. —Y terminó de engullir su comida, ya que sabía que después de su impertinente afirmación, ella no tardaría en echarlo de su apartamento, a pesar de que cada una de sus palabras fuese cierta.
—¡Fuera! —gritó Natalie indignada, indicándole la salida y deseando que, por una vez, le hiciera caso y se alejara de ella.
Jeremias, obediente, alejó de sí el plato ahora vacío, se levantó de su asiento y sin más se dirigió hacia la salida, no sin antes dirigirle una de aquellas ladinas sonrisas que tanto la disgustaban.
Para asegurarse de que abandonaba su hogar lo más rápido posible, Natalie salió de la cocina y, con la única idea de darle con la puerta en las narices, aceleró el ritmo de sus pasos por el salón. Justo cuando pensaba hacer una triunfal despedida, quedando como una altiva diva ante ese insensato, tropezó con la alfombra nueva que había junto a la entrada, yendo a parar directamente a los fuertes brazos de Jeremias, que no dudó en acogerla con una atrevida sonrisa.
—Recuérdame por qué nunca funcionaría algo entre tú y yo —susurró Jeremias, con sus labios muy cerca de la tentadora boca de la única mujer que había empezado a interesarle desde la muerte de su esposa.
—Se me ha olvidado... —contestó con un hilo de voz Natalie, olvidándose de todo lo que no fueran los fuertes brazos que la acogían y lo mucho que le gustaba estar entre ellos.
Y sin darse tiempo para pensar en otra cosa que no fuera el deseo que los embargaba, atrajo a Jeremias hacia ella y él devoró su boca con un arrebatador beso.
Luego, sin separarse de la miel de sus labios, ese hombre, que era más romántico de lo que debería serlo un simple mecánico de Brooklyn, la cogió en brazos como a una princesa y se dirigió con ella hacia su habitación, donde se abandonaron a un apasionado momento, olvidando que entre los dos todavía había demasiadas mentiras y secretos. Tal vez más de los aconsejables para comenzar una relación, porque sin duda, cuando todo saliera a la luz, un montón de problemas los separarían.
Entre ellos uno muy grande y pelirrojo llamado Miss Dorothy, que siempre atormentaba a su editora y al que había tenido la brillante idea de mandarle una inocente joven, una joven de la que Natalie dudaba en esos momentos si sería lo suficientemente sensata como para no involucrarse con ese insufrible hombre que tenía
un carácter de mil demonios, pero que podía llegar a ser un temible embaucador con cada una de sus palabras.
Después de todo, por algo era un excelente escritor.
CAPITULO 76
El puesto asignado a Pedro Alfonso era una pequeña carpa que se encontraba junto a una exposición de vacas peludas, unos animales típicos de las Highlands, de grandes cuernos y largo pelaje, que en nada se parecían a las vacas que Paula había visto en las excursiones que su colegio de Brooklyn organizaba en alguna que otra ocasión.
El puesto que se hallaba a su derecha era una cervecería donde servían distintos tipos de bebidas artesanas, ofreciendo muestras gratuitas a todo el que quisiera deleitarse con la cerveza de las Tierras Altas de Escocia, aunque normalmente los extranjeros la engullían de un solo trago, sin molestarse en paladear los distintos y refrescantes sabores que en ella se podían encontrar.
El ceño fruncido de Pedro al ver su puesto, reveló todo lo que pensaba del organizador del festejo y de su editor en esos momentos. Y más aún cuando una vaca comenzó a vaciar el contenido de su estómago muy cerca del montón de libros que Pedro apilaba contra la mesa. Por supuesto, para agravar la situación siempre estaba el típico listillo que cuando veía una gracia la tenía que señalar.
—¡Mira esa vaca! ¡Ya te ha dicho lo que opina
de tus libros! —se rio un joven algo bebido, señalando al furioso escritor.
Por suerte, Pedro se contuvo, tomó aire y tan sólo apretó con fuerza los puños antes de tomar asiento. Luego adoptó una airada expresión, lo que no animó a nadie a acercarse a su tenderete, dado que todos los asistentes sólo buscaban momentos de diversión y algo de entretenimiento con los que relajarse y disfrutar de aquel singular festejo que se realizaba una vez al año en diferentes lugares de las Highlands.
Después de un rápido almuerzo con las muestras de las típicas comidas escocesas que el organizador les brindó, sin duda para intentar calmar al temperamental escritor y borrar su molesto ceño fruncido, que tanto destacaba en medio de aquel jolgorio, algunos turistas se acercaron a Pedro y se interesaron por sus libros. Él les explicaba encantado la trama de uno de ellos a un grupo de personas, cuando el molesto y embriagado joven que antes lo había insultado, pasó de nuevo por allí, sólo para provocarlo.
—¡Tus libros apestan! —dijo el borrachuzo, refiriéndose a la situación anterior, ya que Pedro dudaba que ese joven hubiera tenido alguna vez un libro entre las manos.
Él lo ignoró y reanudó sus explicaciones, molesto por la persistencia de aquel idiota. Por desgracia, el muchacho siguió insistiendo y acabó espantando a casi todos los curiosos que se habían reunido junto al novedoso escritor de las Highlands.
A lo largo de la tarde, el joven volvió a aparecer una decena de veces, repitiendo siempre la misma estúpida frase y por último, cuando volvió a presentarse frente a Pedro, ataviado con un kilt e intentando hacerle un estúpido bailecito que en nada se parecía a los bailes escoceses, Pedro no pudo más, y su característico mal carácter, que hasta entonces había logrado contener, salió a relucir cuando el joven, al repetir una y otra vez aquella necia frase, acabó con toda su paciencia.
Ante el asombro de Paula y del organizador del evento, que en esos momentos charlaba con ella sobre los juegos que se celebrarían en breve, Pedro abrió la extraña bolsa de lona por la que Paula había sentido tanta curiosidad y sacó un pelota antiestrés, que arrojó al molesto chaval dándole en mitad de la frente y haciendo que perdiera el equilibrio en mitad de su bailecito, cayéndose de culo en el frío césped.
Sin saber cómo había acabado allí, el joven se incorporó y vio junto a él la pelota antiestrés que había sido utilizada como arma arrojadiza. Se apoderó rápidamente de ella y, señalando algo molesto a Pedro, declaró:
—¡Volveré!
Ante esa amenaza, él simplemente se carcajeó y le enseñó la bolsa de lona, que contenía una montaña de esas pelotas.
—¡Estaré preparado! —contestó, sonriendo con malicia.
Tras esta brusca y temperamental acción, Paula lo reprendió, convencida de que los echarían del evento.
—Creo que no es así como se utilizan esos artefactos —comentó cruzando los brazos, enfadada por el grosero comportamiento de Pedro.
—¿Y qué quieres? No sé de qué otra forma utilizar estos estúpidos regalos que siempre me hacen mis hermanas y, además, en esta ocasión ha funcionado. Ha acabado con todo mi estrés —concluyó con una gran sonrisa llena de satisfacción.
Cuando el organizador de los juegos, Ramsay Campbell, se acercó a ellos todavía algo sorprendido, Paula pensó que los obligaría a recoger sus cosas y marcharse, pero el jubiloso hombre de mediana edad que siempre parecía tener en los labios una sonrisa, se rio mientras golpeaba amigablemente la espalda de Pedro y lo invitó a participar en los juegos que iban a empezar.
Él aceptó la amable invitación, apuntándose sólo a algunos de ellos y aprovechando el resto del tiempo para promocionar su novela, que aunque no parecía tener cabida en esa feria, estaba teniendo algo de aceptación entre todos los que lo habían visto silenciar de una manera tan contundente a aquel turista grosero, algo que más de uno había tenido ganas de hacer alguna vez.
Antes de que los juegos empezaran, el joven, tal como había prometido, volvió.
Esta vez acompañado por algunos de sus amigos. Pedro se levantó bruscamente de su
silla, dispuesto a presentar batalla si hacía falta y darles a aquellos imberbes jovenzuelos una lección. Pero ellos se limitaron a mirarlo fijamente y soltar un estúpido grito de guerra, sin duda imitando alguna necia película, luego le dieron la espalda y, ante su asombro, se levantaron los kilts y le enseñaron sus relucientes y blancos traseros.
Paula se dio la vuelta, sorprendida, apartando la mirada de los atrevidos muchachos, que ahora comenzaban a entonar una canción escocesa un tanto subida de tono mientras meneaban el trasero.
Pedro se rio a carcajadas señalando a su sonrojada compañera y, sin poder evitarlo, se desternilló a su costa.
—¡Y luego me regañas por utilizar de forma inadecuada una simple pelota antiestrés! Te informaré, por si no lo sabías, que ésa tampoco es la forma adecuada de lucir un kilt. —Pedro señaló a los jóvenes, que ante el asombro de todos continuaban con su exhibición.
Cuando Ramsay llegó para notificarle a Pedro que era la hora de poner a prueba sus habilidades en algún juego, simplemente ignoró a los muchachos mientras le tendía a él un kilt y le explicaba a Paula que ninguno de los jugadores podía participar si no llevaba la adecuada indumentaria de las Highlands.
—No te preocupes… esto sí sé utilizarlo —susurró Pedro al oído de Paula con una sonrisa, antes de seguir a Ramsay hacia la pista de juegos y ver cómo los muchachos huían cobardemente ante su cercanía.
Paula, después de esto, corrió a hacerse un hueco entre la multitud para no perderse aquellos inusuales juegos de habilidad, tales como lanzamiento de troncos, en el que los participantes debían voltear sobre su eje de mayor longitud un tronquito de nada de unos siete metros de altura y ochenta kilos de peso.
Algo que a primera vista parecía imposible, pero que muchos de aquellos aguerridos hombres lograron; otra disciplina era el lanzamiento de martillo, en la que se lanzaba una bola de metal de unos diez kilos sin moverse del sitio, o también un divertido juego en el que dos grupos
de personas tiraban de los extremos de una larga cuerda y ganaba el equipo que conseguía llevar al otro a su terreno.
Pero lo que más le gustó a Paula de todo el maravilloso espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos fue cómo le quedaba aquella especie de faldita escocesa a su atractivo escritor, al que estaba más que dispuesta a sacarle alguna que otra foto para no olvidar nunca ninguno de los divertidos momentos del viaje, intentando evitar preguntarse qué pasaría cuando éste hubiera finalizado.
CAPITULO 75
La siguiente parada obligatoria, según el desordenado itinerario elaborado por Pablo, nos obligó a Pedro y a mí a dirigirnos al noreste de Oban. Debíamos buscar una pequeña comunidad llamada Strathdon, dejada de la mano de Dios, en el extremo noreste del Parque Nacional Cairngorms, a unas cuatro horas de camino, donde, según el engañoso editor, del que ya no me creía ni una sola palabra, habían organizado una feria literaria en la que Pedro podría conseguir mucha atención para sus libros.
Aunque me levanté con algún que otro remordimiento al recordar la forma en que me había aprovechado de él la noche anterior para que me sirviera de inspiración para mi novela, mi arrepentimiento cesó cuando vi que se sentaba en el coche cediéndome las llaves con una sonrisa. Ocultó sus hermosos ojos castaños con unas caras gafas de sol y me ordenó conducir mientras él se echaba una siesta.
Como el GPS y yo definitivamente no nos llevábamos bien, tardé algo más de lo previsto en hallar el lugar de encuentro, y un viaje que según ese estúpido trasto debía haberse realizado en tres horas y cuarenta y cinco minutos, se convirtió en una odisea de cinco interminables horas, que me llevó al límite de mi paciencia. Sobre todo en el instante en que mi desesperante escritor me preguntó por enésima vez si habíamos llegado ya.
Cuando conseguí aparcar en una gran explanada destinada a ese menester, salí del
coche para tomar aire fresco y desentumecer mi agarrotado cuerpo después del extenuante viaje.
Aunque en realidad lo único que deseaba era apartarme unos minutos del hombre que me había vuelto loca durante todo el trayecto con sus sonoros ronquidos y sus frustrantes quejas e insinuaciones cuando se despertó de su apacible sueño, algo que yo también necesitaba en esos momentos.
En el instante en que Pedro salió del coche, dirigió una mirada al bonito ambiente que nos rodeaba, con luminosas e inmensas carpas blancas llenas de distintos alimentos y bebidas típicas del lugar, todo ello expuesto sobre una espléndida extensión verde rodeada por una exuberante y hermosa naturaleza. Y como siempre hacía, Pedro me estropeó ese idílico momento con una de sus bruscas maldiciones.
—¡Será cabrón! ¡No pienso ir a ninguno más de sus viajes! ¡Y cuando vuelva, definitivamente le voy a obligar a comerse esta mierda de itinerario! —gritó bastante irritado.
Y como Pedro sólo desplegaba sus mejores encantos con las personas más cercanas a él, no tuve dudas de que estaba intentando hablar con su editor cuando sacó su móvil del bolsillo y comenzó a dejar un insultante e interminable mensaje en el buzón de voz.
No comprendí por qué lo molestaba tanto el bello entorno que nos rodeaba.
Aunque tras mirar más detenidamente el desfile de hombres tocando una singular melodía con aquellas maravillosas gaitas, uniformados con los típicos kilts de los clanes, pude observar los elaborados puestos donde se vendían diversos productos artesanales, desde ropa a comida, así como unos extraños juegos preparados en una gran pista. Llegué a la conclusión de que el terrible humor de Pedro se debía a que aquello no era en absoluto una feria literaria.
Después de que él pagara su frustración con el desastroso hombre que parecía esquivarlo, dejándole más de una decena de mensajes repletos de originales maldiciones, sacó del maletero de su coche, aún bastante furioso, una gran y pesada caja que seguramente contenía los libros que quería vender. Y como Pablo no estaba allí para que pudiera amargarle la vida, mi adorado escritor decidió pagarla conmigo,
ya que yo había tenido la brillante idea de animarlo a hacer ese viaje que por el momento sólo estaba siendo un gran desperdicio de tiempo y de dinero.
Sin una sola palabra, y tras dirigirme una de sus furiosas miradas, colocó la pesada caja en mis manos, cogió una extraña bolsa de lona, sobre la que yo me pregunté con curiosidad qué guardaría, y nos adentramos en aquel maravilloso evento al que yo aún no sabía qué nombre darle.
Justo cuando finalizaba el discurso de los organizadores, tras el armonioso desfile, empezaron a repartir muestras gratuitas de un fuerte whisky escocés, bromeando con los
turistas sobre quién sería capaz de aguantar el fuerte brebaje de las Highlands. Pedro cogió rápidamente un vaso de una de las bandejas que pasaban por su lado y tras dejarlo vacío de un trago, anunció:
—¡Bienvenida a los juegos de las Highlands!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)