domingo, 13 de enero de 2019
CAPITULO 84
Cuando por fin llegamos a casa, noté a Paula diferente. Más distraída de lo normal, apenas me reprendió por la bolsa de lona que me negué a tirar y no insistió tanto como antes en que trabajara en mi novela. Era como si ya no le importara ese libro y sólo quisiera pasar algún tiempo conmigo.
Hice cosas que nunca antes había hecho por una mujer, como cocinar para ella, deseando que probara mi comida en vez de que se atragantara con ésta, como solía hacer con mis hermanas. O ver una estúpida película de esas que me producen somnolencia. Nos acurrucamos en el estrecho sofá y, antes de que la melosa pareja volviera a unirse tras la típica pelea de rigor que siempre tienen lugar en ese tipo de películas, fue Paula la que finalmente cayó en un plácido sueño. Entonces la cogí en
brazos y la llevé a la cama, donde la dejé con cuidado y me dispuse a cambiar sus incómodas ropas por un pijama.
Por una vez no quise jugar con ella, aunque su cuerpo, aun en la inconsciencia del sueño, me tentaba. Pero en esos momentos sólo quería que descansara del ajetreado viaje que habíamos hecho a lo largo de aquellos interminables cuatro días, unos momentos que nunca olvidaría, porque había disfrutado junto a ella cada uno de ellos, guardándolos como preciados recuerdos para cuando Paula ya no estuviera a mi lado.
Ya había comenzado a desabrocharle los pequeños botones del jersey, cuando ella abrió los ojos. Esperé, preparándome para recibir alguna de sus reprimendas por intentar aprovecharme de ella mientras estaba dormida, pero Paula simplemente me miró como si lo único que necesitara en esos instantes fuera a mí, y me atrajo hacia ella, exigiéndome con sus labios un beso que yo nunca le negaría.
Nuestras bocas se unieron con ternura, deleitándonos cada uno con el sabor del otro, pero también con desesperación, como si ambos supiéramos que el tiempo de estar juntos se nos acababa. Cogí sus cabellos entre mis manos y jugué con su perturbadora lengua, que me exigía que le demostrara la pasión que siempre había entre nosotros.
Ella me despojó del jersey, arrojándolo despreocupadamente a un lado, y yo le bajé el sujetador, sin molestarme siquiera en quitárselo, para admirar aquellos pequeños senos que tanto me fascinaban. Los devoré, excitando sus erectos pezones. Y regocijándome con cada uno de los gemidos de placer que salían de su boca, continúe con mi asalto a su deseable cuerpo.
Las delicadas manos que me acariciaban me distraían demasiado, así que, bajándole un poco el jersey, se las retuve a los costados, haciéndole imposible acariciarme. Protestó, pero sus quejas cesaron cuando mis labios comenzaron a descender por ella y la despojé del resto de su ropa, dejando un reguero de besos en cada parte de su piel que dejaba expuesta.
Le quité los vaqueros con rapidez, y mis delicados y ardientes besos recorrieron sus piernas, haciendo que Paula se estremeciera ante el placer de mis caricias. La ropa interior me llevó más tiempo, ya que me entretuve acariciándola lentamente por encima del delicado tanga, hasta notar la humedad que revelaba su necesidad. Luego, con la punta de los dedos, le acaricié el clítoris, incitándola al deseo. Y finalmente, cuando usé la lengua por encima de la escueta prenda que la cubría, ella se removió exigiéndome más de ese placer que tanto añoraba.
No le quité la ropa interior, sino que la eché a un lado mientras mi lengua se deleitaba dándole lo que tanto necesitaba en esos instantes. Sus caderas reclamaron mis labios y sus manos se movieron inquietas a ambos lados de su cuerpo por el deseo de tocarme, pero yo no se lo permitiría, porque siempre que estaba junto a ella sentía demasiado y no hubiera aguantado mucho antes de dejarme ir.
Subí una mano despacio por su suave piel hacia sus senos y jugueteé con ellos, dedicando leves caricias y sensuales pellizcos a sus henchidos pezones. Me deleité con cada uno de sus gemidos y quise que llegara al éxtasis una vez más entre mis brazos, que gritara de nuevo mi nombre, como siempre hacía cuando el placer la embargaba, y que no olvidara que yo era el único que podía hacerla sentir así.
Metí un dedo en su interior sin que mi lengua dejara de acariciar la parte más sensible de su cuerpo. Ella gimió y dijo mi nombre, reclamando que la dejara llegar a la cumbre del éxtasis. Pero mi egoísta persona no la dejó ir todavía y sólo cuando ella rogaba entre mis brazos que cesara esa tortura, me desprendí de mi ropa y, penetrándola de una profunda embestida, la dejé al fin llegar a la cima del placer mientras gritaba mi nombre, que, con mis caricias, yo estaba grabando poco a poco en su piel. Quería
hacerla mía de todas las maneras posibles, para que nunca pudiera olvidarme, porque sentía que entre nosotros todo estaba a punto de terminar.
Alzando sus piernas tras mi espalda, marqué un ritmo en mis acometidas que nos satisficiera a ambos, y cuando Paula comenzó a disfrutar de nuevo del placer del orgasmo, yo la acompañé gritando su nombre, que nunca olvidaría, porque ella era la única mujer que me había amado.
Al terminar me derrumbé exhausto sobre ella y sonreí al darme cuenta de que al fin habíamos utilizado la cama. Paula se quejó, porque sus brazos aún seguían atrapados a los lados de su cuerpo y eso sólo sirvió para que yo esbozara una ladina sonrisa, pensando que tenía toda la noche para demostrarle que no era un error amarme, aunque yo no fuera de los que se enamoran.
Tras quitarle el jersey que retenía sus brazos y besar una vez más sus labios, Paula me dejó helado al coger mi rostro entre sus manos para evitar que yo huyera de sus sentimientos y me confesó las palabras que yo siempre le había advertido que nunca debía decirle a un hombre tan egoísta como yo:
—Te quiero —declaró, y sin esperar una respuesta que yo nunca le daría, acalló mis labios con un beso.
Yo me perdí nuevamente en el deseo que dominaba nuestros cuerpos y le mostré con mis caricias que nunca querría separarme de ella. Sus palabras quedaron grabadas en mi alma, haciendo que me cuestionara qué era lo que sentía por aquella mujer de la que no podía alejarme.
Tal vez algún tiempo a su lado me daría al fin la respuesta que tanto necesitaba para saber si lo que había entre nosotros era ese confuso sentimiento que algunos llamaban amor. Pero ¿cuánto tiempo juntos nos depararía el destino?
Eso era algo que nadie podía saber, aunque mientras la abrazaba con fuerza entre mis brazos después de que nuestros cuerpos quedaran saciados, comencé a sentir que ese poco tiempo que nos quedaba se estaba escapando lentamente sin que yo pudiera hacer nada para remediarlo.
sábado, 12 de enero de 2019
CAPITULO 83
Mientras Pedro hablaba animado con el público, Paula recibió una llamada de la siempre insistente Natalie que, increíblemente y por una vez, no le reclamó la dichosa novela, pero sí la informó de que lo que tanto temía estaba a punto de suceder y que su tiempo junto a Pedro se acababa.
—Paula, soy yo, Natalie Wilson. Dentro de una o dos semanas estaré allí y esté terminada o no esa novela, te traeré de vuelta conmigo. Pedro ha tenido suficiente tiempo para hacer el vago. Si no quiere escribir, que no lo haga. Ya me inventaré cualquier cosa para salir del paso, como al fin y al cabo hago siempre.
—Creo que en esta ocasión se está esforzando, Natalie —dijo Paula, mirando desde la puerta de la sala como, a lo lejos, él los convencía a todos para que compraran sus novelas.
—Sí, claro, lo creeré cuando lo vea —replicó escéptica Natalie ante las afirmaciones de Paula, que no terminaba de creerse.
—Puede que necesite algo más de tiempo… —comentó Paula, sin saber si se refería a Pedro o a ella.
—Paula, el tiempo se ha terminado —dijo severamente Natalie, percatándose de lo que la chica había empezado a sentir por ese hombre.
—Pero yo…
—¡Por favor, Paula! No cometas el error de enamorarte de Pedro: él no es el tipo de hombre que se enamora —la advirtió Natalie, compadeciéndose de la inocente joven que comenzaba a mostrar todos los síntomas de querer a aquel irritante escritor, algo que sólo podía ser una gran equivocación.
—Pero tal vez con un poco más de tiempo…
—Él no cambiará —concluyó Natalie, que lo conocía desde hacía años y estaba familiarizada con todos sus defectos.
—Lo sé, pero estoy dispuesta a intentarlo —declaró ella, decidida a aprovechar todo el tiempo que le quedara junto a Pedro para demostrarle cuánto lo amaba.
—Pues buena suerte, Paula. Ojalá seas la mujer que lo haga cambiar de opinión. Pero cuando yo vaya a buscarte, si Pedro aún no ha cambiado, no te aferres a él, a un hombre que sólo te hará sufrir —le aconsejó Natalie, preocupándose por una vez por algo que no fuera la entrega de ese dichoso libro y su extravagante escritor.
—Gracias, Natalie —respondió Paula, antes de finalizar la llamada y marchar decidida hacia donde se hallaba el hombre del que se había enamorado aun antes de conocerlo. Porque cada una de las palabras de los libros de Miss Dorothy siempre serían él.
CAPITULO 82
Cuando Paula y Pedro llegaron a la feria del libro de Inverness, les entregaron sus respectivas acreditaciones y fueron conducidos hacia la gran sala del teatro por uno de los organizadores. Les explicaron que allí se haría el acto en el que los distintos autores hablarían de su difícil día a día como escritores y de sus duros principios, luego comentarían sus últimas obras, dándose a conocer más ante el mundo, y por último contestarían las preguntas del público.
Ante esta última información, Pedro frunció el ceño, y con la excusa de coger algo del coche, dejó a Paula a solas preparando la mesa en la que colocarían algunos de sus libros para que los asistentes los vieran antes de comenzar la charla.
Otros tres autores acompañaban a Pedro en la mesa: una mujer que destacaba en el género romántico y con la que Paula pudo conversar ampliamente, porque a ella también le gustaban los libros de Miss Dorothy; un joven muy simpático que escribía ciencia-ficción, y otro escritor de intriga, bastante arrogante, que se creía el mejor, aunque nadie hubiera oído hablar de él en la vida.
Paula procuró que Pedro estuviera sentado lo más lejos posible de este último y, sabiendo lo mucho que lo molestaban las fans de Miss Dorothy, acabó ubicando a su irascible pelirrojo en una esquina de la mesa, junto al joven escritor de ciencia-ficción.
Tras mirar el reloj un tanto preocupada, se preguntó qué narices estaría haciendo Pedro para tardar tanto, cuando el evento comenzaría en breve. Al fin, él se decidió a entrar por la puerta y, ante el asombro de Paula, vio que no se le había ocurrido otra
cosa que coger aquella molesta bolsa de lona llena de pelotitas antiestrés.
Ya se disponía a arrebatársela, antes de que él y su mal genio hicieran algo que todos pudieran llegar a lamentar, cuando un hombre la condujo a su asiento, comunicándole que el evento iba a empezar. Paula, desde su sitio en primera fila,
no pudo hacer otra cosa que advertirle a Pedro con una severa mirada que no hiciera
alguna de las suyas, mientras él se limitaba a colocar la bolsa a sus pies y le dedicaba una maliciosa sonrisa que no presagiaba nada bueno.
El principio de la charla fue bastante bien. Cada uno de los autores habló de la difícil vida de escritor cuando no se tenía el respaldo de una gran editorial, de todos los eventos a los que tenían que asistir para promocionarse, cuyo coste salía de sus propios bolsillos, y de que, a pesar de que no ganaran mucho con eso, todos estaban muy contentos haciendo lo que más les
gustaba: escribir.
Con algunas de las anécdotas de su último viaje, Pedro hizo reír al público, y con sus palabras les hizo tomar conciencia de que la vida de un escritor no era tan fácil como parecía. El público acabó adorándolo tanto como la misma Paula.
Después de esto, cada autor habló de sus libros, hasta que le llegó el turno a Pedro, que ya estaba a punto de comenzar su apasionado discurso, cuando un espontáneo del público se levantó y, diciendo que él también era escritor, comenzó a hablar de su libro, que aún no había sido publicado.
Pedro comenzó a fruncir el ceño un tanto molesto, pero respiró resignado, concediéndole algo de tiempo al hombre. Pero cuando el intruso repitió una y otra vez las mismas palabras, decidido a que su discurso no tuviera fin, Pedro empezó a tantear la bolsa de lona que tenía en sus pies con una única idea en la cabeza: acallar a aquel sujeto que ya le estaba tocando las narices con su brusca interrupción.
Paula, desde su asiento y sin poder hacer nada, veía cómo acercaba la mano solapadamente a la bolsa de lona, mientras el molesto individuo que había interrumpido a los autores no paraba de hablar, acabando con la poca paciencia que el pelirrojo podía tener, y haciendo que su malicioso carácter asomara.
—No lo hagas, no lo hagas, no lo… —susurraba Paula, viendo que había conseguido sacar con disimulo una de aquellas molestas pelotitas antiestrés de las que pensaba deshacerse en cuanto llegaran a casa.
Rezó por que ocurriera un milagro y que Pedro no noqueara al charlatán con aquel juguete que en sus manos podía llegar a ser tan peligroso.
Y por una vez sus ruegos fueron atendidos, ya que una chica bastante bien dotada se levantó de su asiento y se alzó la camiseta para mostrarles a todos el mensaje «¡No a la tala indiscriminada de árboles!» pintado en su cuerpo. De esta guisa, recorrió la sala de arriba abajo, anunciando su reivindicación. Por supuesto, sus dos poderosas razones llamaron mucho más la atención de todos que las del ahora mudo espontáneo, que acabó sentándose bastante indignado por haber sido interrumpido tan bruscamente.
Mientras un hombre de seguridad se llevaba a la chica ecologista de la sala, la conferencia volvió a la vida cuando Pedro, con una ladina sonrisa, dijo ante el micro:
—¡Mira tú por dónde, este tipo de interrupción no me molesta en absoluto!
Y entre las risas del público, comenzó a hablar de sus libros, a la vez que apretaba con fuerza la pelota antiestrés en una mano, pelota que al fin había aprendido a utilizar correctamente después de todo. Aunque a Paula no la tranquilizó demasiado que siguiera en sus manos todo el día, porque con Pedro Alfonso nunca se sabía lo que podía pasar.
CAPITULO 81
Al fin llegó el día de nuestra última parada antes de volver a casa y descansar de aquel ajetreado viaje que me había hecho darme cuenta de muchas cosas que tenía que analizar. Como qué hacer con los sentimientos que tenía por Pedro y cómo sobrellevar mis días junto a él hasta que terminara su novela.
Desde la pasada tarde, en la que había cogido dos habitaciones y dormido como un bebé, no había visto a Pedro, y encontrar su fruncido ceño a la hora del desayuno no fue una señal muy alentadora para el viaje. Por lo visto, a él no le había sentado muy bien que alguien le hubiera tomado la delantera y le hubiera hecho pagar con creces su mal comportamiento, y eso que aún no había recibido las abultadas multas de tráfico que se sumarían a sus gastos.
Esa mañana, después de desayunar, saldríamos hacia la décima feria del libro que se celebraba en la ciudad de Inverness. Ese año, el acto tendría lugar en el Eden Court Theatre, un magnífico y moderno edificio situado junto al río Ness, donde durante cinco días se disfrutaría de un ambiente único para la literatura.
Los asistentes, además de estar rodeados de libros de los más diversos géneros, podrían asistir a diferentes eventos, como lectura de narraciones y poemas, talleres de escritura, entrevistas y tomar partido en los debates con alguno de los autores invitados.
Como no me imaginaba a Pedro con la suficiente paciencia como para enseñarle a alguien a escribir, o para leer fragmentos de su libro, supuse que Pablo habría hecho bien su trabajo por una vez y habría conseguido que fuera entrevistado, junto con otros autores, sobre su última publicación.
Eso me gustó, porque cuando Pedro comenzaba a hablar sobre sus obras se perdía en ellas y hacía que los que lo rodeaban se interesaran rápidamente por la trama de sus novelas. Por otro lado, la parte en la que el público podía mantener un debate con los autores me preocupó bastante, porque ya me imaginaba cómo podían ser algunas de las respuestas de Pedro cuando alguna pregunta lo ofendiera, así que decidí que, en cuanto terminara de hablar de su libro y de hacerse con algún que otro interesado lector, lo sacaría del acto, antes de que su mal genio le hiciera perder lo poco que había conseguido en ese viaje.
Revisé una vez más el folleto que tenía en las manos y lo estudié con detenimiento, percatándome de que nosotros seríamos los primeros en hablar en la mesa que nos correspondía, así que terminé de engullir mi desayuno y le metí a él un poco de prisa.
Para desgracia de todos, Pedro se había levantado de un humor de perros y eso sólo podía significar que cualquier cosa podía pasar cuando llegara a la mesa de debates, desde que esbozara una falsa sonrisa hasta que diera una de sus burdas contestaciones que siempre asombraban a todos por su grosería.
Crucé los dedos para que esta vez su humor se decantara por las falsas sonrisas y me dirigí con él hacia el coche. Nos aguardaban más de dos horas de trayecto hacia una ciudad que apenas comenzaba a despertarse.
Me pregunté, mientras caminaba hacia allá, por qué persistía el mal genio de Pedro, si normalmente después de un plácido sueño éste solía desaparecer. Y antes de que llegáramos a su vehículo me sacó de dudas cuando me agarró de un brazo y, deteniendo mis pasos, me susurró al oído unas palabras que nunca hubiera creído que él pudiera pronunciar.
—Te eché de menos ayer. Apenas pude dormir sin tu presencia en mi cama, ¡no vuelvas a dejarme solo! —me rogó, confesando con sus palabras más de lo que quería admitir.
Y tras mirar sus suplicantes ojos que me exigían una respuesta, no puede evitar decirle una mentira.
—No lo haré —contesté, sabiendo que muy pronto el destino nos separaría, porque la historia de amor que él estaba escribiendo ya casi estaba terminada.
Y cuando ésta llegara a su fin, no habría nada que nos uniera, porque, aunque yo lo amara, no estaba dispuesta a seguir con un hombre que nunca podría corresponderme diciéndome «te quiero».
Él se durmió durante todo el viaje hacia la ciudad, y yo, de vez en cuando, pude admirar su rostro, que cuando dormía perdía todo rastro de hosquedad y parecía tan relajado que incluso podía llegar a confundirse con un ángel. Un calificativo que definitivamente nunca se le podría aplicar mientras estaba despierto, ya que con su atrevida sonrisa y sus maliciosas palabras sería considerado más bien un temible diablo. Aunque para mí siempre sería mi amado escritor.
viernes, 11 de enero de 2019
CAPITULO 80
Cuando Paula llegó a una gran librería del centro de la ciudad de Perth, donde los dueños habían preparado una mesa para Pedro Alfonso, que incluía caras botellas de agua en envases de cristal, hermosas copas, bolígrafos de marca e incluso un cartel gigante donde anunciaban su último libro, ella tuvo ganas de patearle el trasero a ese idiota que estaba desaprovechando la que podía ser una gran oportunidad.
Ella intentó excusarse ante los organizadores del evento, que la miraron con muy mala cara en cuanto les comunicó que el autor no asistiría. Por supuesto, Paula se inventó un supuesto malestar, ya que no quería ofender a aquellas personas que tanto trabajo se habían tomado para organizarlo todo.
Cuando Paula apiló los libros en la mesa y se sentó como representante del vago escritor, todos los que se acercaban interesados por la obra preguntaban lo mismo: ¿por qué la foto de la contraportada era la de un ceñudo pelirrojo si la que estaba sentada a la mesa era una mujer castaña?
A ella le dieron ganas de contestarle a más de un curioso que se había operado y que antes era un hombre. Quizá, si se difundían esos rumores, aquel obtuso sujeto al fin aprendería a hacer su trabajo. Pero finalmente, como la mujer sensata que era, desistió de esa jugarreta.
A la hora del almuerzo, contactó con Pedro y le dejó un amenazante mensaje en el buzón de voz, dispuesta a ir en su busca si hacía falta, con tal de que cumpliera la promesa que le había hecho antes de comenzar ese viaje, sobre que seguiría paso a paso cada una de las paradas del pésimo itinerario elaborado por Pablo.
Mientras lo amenazaba con hacer una hoguera con sus libros en medio de la ciudad y bailar alrededor de ella la danza de la victoria, sintió que una mano se posaba en su hombro.
Paula se volvió, decidida a insultar al viandante que había osado interrumpir su perorata cuando estaba en medio de una violenta reprimenda a aquel irresponsable sujeto, hasta que vio asombrada que quien estaba ante ella no era otro que el mismo al que estaba dejándole el mensaje, así que colgó y cogió aire antes de comenzar a decirle a la cara todo lo que opinaba de él.
—¿Ya ha descansado su alteza? —ironizó, haciéndole una burlona reverencia.
—Sí, la verdad es que he dormido como un bebé —contestó Pedro, sin que sus palabras lo perturbaran y mostrando una satisfecha sonrisa que sugería que nada de lo que ella le dijera podría afectar a su buen humor.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Paula algo confusa, ya que ella se había llevado el coche, dejándolo a él en la posada.
—Me he encontrado con Ramsay Campbell en el bar de la posada y se ha ofrecido amablemente a traerme a la ciudad. En serio, nunca creí que te tomarías mis palabras al pie de la letra. Cuando te fuiste aún te estaba esperando en la cama con ese kilt que sigo decidido a ponerte.
—¡Pues claro que me he marchado! ¡Yo, al contrario que tú, me tomo mi trabajo muy en serio! ¿Sabes lo amables que han sido los organizadores de este evento? ¿Y sabes lo desilusionados que estaban al no verte aquí? —lo reprendió ella severamente, intentando hacerlo recapacitar y que comprendiera que sus egoístas acciones siempre afectaban a otros.
—Bueno, ahora estoy aquí —replicó Pedro, como si nada hubiera pasado durante aquellas tristes horas en las que Paula no había vendido ni un solo libro a los curiosos del lugar.
—Sí, ahora… Pero ¿te imaginas el bochorno que he tenido que pasar intentando explicar por qué estaba yo sentada a esa mesa y no el pelirrojo que aparecía en la contraportada? —preguntó ella, que, sulfurada y harta de su despreocupado comportamiento, dejó caer una pequeña mentira—: Gracias a Dios que cuando les he dicho que antes era una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre, todos me han comprendido. —Y sonrió malévola.
Pedro se quedó mudo de asombro ante la idea de que alguien lo hubiese confundido con una mujer. Aunque Paula no comprendía de qué se sorprendía: después de todo, él era Miss Dorothy.
—Eso es mentira, ¿verdad? —quiso saber él, preocupado por su impertinente afirmación.
—¿Tú qué crees? —preguntó irónica, sin contestar a su pregunta.
Después de eso, Paula se marchó hacia la librería, sin esperar a que Pedro siguiera sus pasos hacia el lugar donde el adorable matrimonio que regentaba el negocio la esperaba con una sonrisa.
Asombrosamente, él al fin decidió hacer su trabajo y la siguió hacia el interior del establecimiento, disculpándose debidamente con los organizadores, mientras esbozaba una de aquellas falsas sonrisas que nunca revelaban nada a nadie y que para Paula sólo podía significar que sus siguientes palabras meterían a alguien en problemas. Y dado que ella era la que tenía más a mano, sospechó que Pedro se vengaría de su imaginativa afirmación anterior, que él sabía sin duda que era mentira.
—Perdonen mi tardanza, pero mi secretaria se ha olvidado de despertarme y se ha apoderado de nuestro único coche para venir aquí —dijo, deformando la verdad y haciendo que los dueños de la librería miraran a Paula con rencor.
Todo podría haber acabado ahí de no ser porque aquel hombre era ruin y vengativo y no pudo evitar acentuar el resentimiento que aquella pareja estaban comenzando a mostrar a Paula por su fallido evento.
—¿Saben?, Paula también está escribiendo un libro. Yo la estoy ayudando a pulir su estilo, pero en ocasiones no está de acuerdo con mis consejos, a pesar de que yo tengo más experiencia que ella como escritor. Se toma las críticas muy a pecho — comentó Pedro, como insistiendo en que la culpa de que hubiese llegado tarde era sólo de ella. En cuanto a sus críticas… ¿qué escritor no se ofendería si tirasen su manuscrito a la basura?
Por supuesto, tras estas palabras de Pedro, con las que Paula quedó como una escritora rencorosa y envidiosa que quería hacerse sitio pisoteando a otros, la pareja que minutos antes la había recibido con unas alegres sonrisas, la fulminó con la mirada, considerándola finalmente la culpable de todo lo ocurrido.
—¡Pero gracias a Dios que al fin estás aquí! —exclamó ella, mostrándose incluso más falsa que él al darle un amigable abrazo.
Luego lo condujo hacia la mesa y le mostró su sitio. A pesar de que todos los que habían oído la conversación la mirasen despectivos, Paula no borró de su rostro aquella falsa sonrisa. Y cuando Pedro tomó su lugar, ella salió por la puerta, dejándolo tan distraído charlando amablemente con sus lectores, que no se percató de su ausencia mientras dedicaba a todos una amigable sonrisa.
—Veamos cuánto te dura esa sonrisa —susurró Paula alejándose con las llaves del coche de Pedro en una mano y su cartera, de la que había conseguido adueñarse en mitad del afectuoso abrazo, en la otra. Mientras se iba, agradeció mentalmente la práctica que tenía en esos estúpidos juegos de niños y que había adquirido en el taller, robándole alguna herramienta a su amigo Raúl. Una broma que le había servido para algo.
Tras echar un vistazo al abarrotado local donde se hallaba Pedro, decidió que ya era hora de que ella se tomara un merecido descanso, así que desconectó el móvil para que nadie pudiera molestarla y se fue en busca de un buen hotel, donde por fin pudiera hacer lo que había estado deseando durante todo aquel nefasto día: dormir, dormir y dormir.
No se olvidó de reservar en esta ocasión dos habitaciones, y antes de silenciar por completo todo lo que pudiera perturbar su sueño, Paula volvió a encender su teléfono móvil para dejar un único mensaje.
«¿Te falta algo?», preguntó irónica en un mensaje de texto a su fastidioso escritor.
Luego, como la profesional que era, no pudo evitar añadir el nombre del hotel en el que se encontraba y el número de la habitación reservada para él. Después, apagó el teléfono y se sumió en el profundo sueño que tanto necesitaba.
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